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El sacramento del bautismo, desde el principio hasta hoy

Publicado en la edición impresa de El Observador del 12 de enero de 2020 No.1279
Pentecostés. Cincuenta días después de la resurección del Señor, es decir, el día de Pentecostés, el Espíritu Santo se derramó sobre los Apóstoles y ellos comenzaron a predicar abiertamente el Evangelio de Jesucristo y a bautizar, anunciando la necesidad de este sacramento para el perdón de los pecados.

O Iglesia de Salida O iglesia en Retirada.  “El liberalismo, con sus falsos dogmas de sus falsas libertades, es un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado” Leonardo Castellani

Como formo parte de uno de los presbiterios más copiosos del mundo, el de Guadalajara, compuesto por 1500 eclesiásticos según las cuentas más recientes del Anuario Pontificio, luego de leer con atención el artículo de Luis Herrera «Iglesia católica en retirada de Jalisco», en el que con datos duros presenta la «dramática pérdida de legitimidad del discurso eclesiástico» y el acelerado proceso de secularización en una comarca de muy hondo arraigo católico, debido a dos factores:
el «avance progresivo de valores práctico-morales no religiosos entre la población, y la pérdida de consenso en torno a la autoridad de la Iglesia para imponer su visión en cuestiones de moralidad individual», he ponderado ese texto con otro también apenas publicado en Roma el 12 de diciembre, el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1º de enero de 2020, cuyo tema es «La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica».
En él, el Papa Francisco sostiene que las acciones pastorales de la Iglesia en el mundo no pueden ser las premisas de la teología del bienestar, o sea las de un protestantismo larvado y un catolicismo adulterado.
No usa las de su correligionario jesuita y paisano al que citó el epígrafe de esta columna, pero propone algo que mucho nos falta a los agentes de pastoral: «trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad», como medio para «despertar en las personas la capacidad de compasión y la solidaridad creativa» que hagan caer «las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia» en nuestros días.
Según las cuentas del Papa, «toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana», y «comienza por la intolerancia a la diversidad del otro», o sea, el «deseo de posesión y la voluntad de dominio», como vemos pasa cuando las relaciones se convierten en ambiciones hegemónicas, abusos de poder, miedo al otro y considerar la diferencia como un obstáculo.
A su juicio, la causa de tan perniciosos efectos es «la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos» hasta «impedir todo posible diálogo».
Eso nos pasó, comprobamos ahora los mexicanos, con dolor e impotencia, merced a gobiernos que no sólo sostuvieron figuras de la talla de un tal Genaro García Luna, sino que avalaron todo un sistema que hizo del miedo un baluarte y un pretexto para provocar una guerra que ahora parece no tener fin.
Si a los católicos de por acá –obispos, clero y fieles laicos– aún nos quedan arrestos para no seguir esquivando nuestra competencia como tales, ser sal de la tierra y luz del mundo, no nos queda más remedio que dedicarnos, como nos pide Francisco, a edificar «una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana».
Para alcanzarla, él mismo recuerda que la paz sólo se alcanza si es, en este orden, un «camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad», de modo que ni se repitan las tropelías del pasado y tengan las riendas del gobierno «artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación», orientados sólo por «la búsqueda incesante del bien común».

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de diciembre de 2019 No.1277


LA PAZ CAMINO DE ESPERANZA Y FRATERNIDAD

1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas que vivimos en estos tiempos.
La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspiramos los seres humanos. Esperar, anhelar la paz es una actitud natural en los seres humanos. La humanidad lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos. Naciones enteras se afanan por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia
Nuestro mundo vive la perversa contradicción de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz, en base a la prepotencia que genera miedo y desconfianza, que luego termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impide todo posible diálogo. Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en las personas y los países.
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad.
Hay que tener en cuenta las guerras y la violencia, de modo que la conciencia, que surge de esas experiencias, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz en el presente y en el futuro. Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, a causa de los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones.
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna.
San Pedro le dijo a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar, en lo más profundo de nuestros corazones, la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas.
4. La paz, camino de conversión ecológica.
Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para que lo convirtamos en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para que las “cultivemos y las cuidemos” (cf. Gen 2,15) para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de todos y cada uno.
Para lograr estos resultados, necesitamos un cambio en las convicciones y en la visión del mundo que nos rodea. De manera que podamos vivir el encuentro con las personas, que valoremos y acojamos el preciso regalo de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Creador.

+ Juan Navarro Castellanos
Obispo de Tuxpan


BOLETÍN DE PRENSA

 Ciudad de México, 05 de enero del 2017

Los saludo a todos Ustedes con la certeza de la presencia del Salvador, que está entre nosotros. Les deseo que en su persona, familia, trabajo y responsabilidades puedan crecer con la Sabiduría del Señor de la Historia, que es Verbo Eterno, Palabra que humaniza, dignifica y fecunda.

1:38 p.m.

Por Hno. Eugenio Amézquita Velasco OFS

Antes que nada, agradecemos a Dios y al Padre Humberto Arce Santiago, -nuestro párroco en estos instantes y días que permanecemos la Hna. Paty Hernández OFS, mi esposa y hermana franciscana- la oportunidad de servirle a él y a ustedes así como observar y vivir de cerca los pasos de la Jornada Cristiana de Vida, con nuestros hermanos Soldados de Cristo.

Escribimos con la emoción de ver en medio de los "bruscos" pescadores de La Mata, a San Pedro, cabeza de la Iglesia fundada por Cristo, quien salió a predicar el Evangelio con su vida y con sus labios y cómo -al igual que el discípulo que también lo traicionó y lo negó, pero que también regresó arrepentido y humillado- ver también a nuestros hermanos de esta comunidad de pescadores que nos mostraron cómo en su momento regresaron al Señor con lágrimas en los ojos, pidiendo perdón y misericordia por los pecados cometidos a nuestro Maestro, Jesucristo Crucificado, que en silencio y humildad padeció en la cruz por amor a nosotros.

No podemos omitir la experiencia de ver cómo los diferentes orígenes sociales se mezclan en esta obra; nos hacen recordar lo que se nos dijo en nuestra formación inicial como franciscanos: que aquí no hay pobres ni ricos, sino sólo hermanos. Hermanos que han comprendido y viven la realidad plasmada en el ser cristiano de todos los días y que a la hora de la muerte y la sepultura, todos somos iguales. Todos moriremos. Aquí no hay ricos Epulones ni pobres Lázaros. Sólo hay hermanos.

Pero lo que nos conmueve, lo que hace un nudo en nuestras gargantas y nos emociona, es ver la ayuda fraterna a quien todavía no puede salir de su pecado y que encuentra, primero en Cristo su salvación, y segundo, cómo este sufriente hermano también ve en quien lo ayuda en este acto de conversión y encuentro con Dios, al hermano que lo apoya y ayuda. Nunca tan bien dicho que no podemos salvarnos solos, porque necesitamos de Jesús y de nuestros hermanos.

El apóstol Santiago nos hace ver esta gran verdad en la parte final de su carta:

Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver,  sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados.

No abandonemos jamás al Señor, porque sin Él no podemos hacer nada; como Él mismo nos lo recuerda a través de San Juan:

Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.
Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid,
tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto,
porque separados de mí, nada pueden hacer.
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca;
después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.

Aléjense de quienes se sienten más que otros, de los que pretenden ser indispensable; hagan oídos sordos de quienes se sientan lidercillos y quieran venir a dividir, a sembrar cizaña y discordia entre ustedes. Aprendamos de la enseñanza de la carta del apóstol Santiago:

El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. 
Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanagloríen ni falten a la verdad. Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. 
Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? 
Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.

¡Corazones adúlteros! ¿No saben acaso que haciéndose amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? Porque el que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. 

No piensen que la Escritura afirma en vano: El alma que Dios puso en nosotros está llena de deseos envidiosos. Pero él nos da una gracia más grande todavía, según la palabra de la Escritura que dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. 

Sométanse a Dios; resistan al demonio, y él se alejará de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. Que los pecadores purifiquen sus manos; que se santifiquen los que tienen el corazón dividido. Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Que la alegría de ustedes se transforme en llanto, y el gozo, en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.

 Quisieramos decirles mucho de nuestras reflexiones por lo que nos han compartido; pero sentimos la necesidad de reiterarles lo que tratamos de hacer nuestro todos los días, enseñado por nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís: amen y defiendan a su párroco, a su sacerdote, en este caso, al Padre Humberto. No permitan que alguien -propio o extraño- lo ofenda, provoque, ataque o persiga; ni de palabra ni de obra. Hagan suyas las siguientes palabras del Pobrecillo de Asís, escritas en su Testamento:

 Después, el Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. 

Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros.

Hagan suya -trabajamos también nosotros para hacerla nuestra- la advertencia de San Francisco de Asís:

Bienaventurado el siervo que tiene fe en los clérigos que viven rectamente según la forma de la Iglesia Romana. 
Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se reserva el juzgarlos. 
Pues cuanto mayor es el ministerio que ellos tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a los demás, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos, que los que pecan contra todos los demás hombres de este mundo. 

Los queremos mucho, hermanos. Sólo podemos decir como nuestro Padre Seráfico: "Y el Señor, me dio hermanos" y parafraseando a Santa Clara de Asís: Gracias, Señor, porque los creaste.

Déjate tocar por Jesús. Que el Señor nos dé su paz y la vida eterna.
Paz y Bien.

12:09 p.m.

 La Felicidad Eterna Perdida. ¡Quién pudiera hacernos ver el dolor eterno, la separación de Dios en la eternidad!

 Por: P. Mariano de Blas LC

Hemos hecho los méritos suficientes para ir eternamente al infierno, y, quizás, muchas veces. Cuantas veces Cristo crucificado nos ha arrancado de la boca del abismo. Si queda en nosotros un poco de gratitud, sepamos que, salvando a otros, Cristo se siente muy bien pagado; más aún, la forma mejor de evitar caer en ese lugar es luchar para que otros no caigan.

¡Quién pudiera hacernos ver el dolor eterno, la separación de Dios en la eternidad! Algún día sabremos decir con todas las fuerzas de nuestro corazón: “¡OH sangre bendita, clavos benditos que me libraron del eterno dolor!”
El simple hecho de pensar: para siempre... para siempre... para siempre... Algo que comienza y nunca terminará. Hace mucho bien el imaginarlo.

En un cursillo que culminaba con una tribuna libre salió a decir su experiencia un señor con estas palabras: “Hace un año, iba yo una noche no precisamente a rezar, iba a pecar, iba a destramparme. De regreso a casa, a altas horas de la noche, viniendo a mucha velocidad, me di un trancazo tan fuerte que quedé en estado de coma un mes. Si Dios no me hubiera permitido regresar, ya estaría condenado para siempre en el infierno”... Y no se oía ni el vuelo de una mosca.

Además, lo que dijo era la pura verdad; pero estas cosas no se piensan, no se quieren pensar, y por lo tanto no existen... ¡Qué favor tan flaco nos hacen las personas que dicen: “¡Eso es mentira!” !Que lo digan delante de un crucifijo, delante de un Dios clavado en la cruz!

Yo quisiera enfocar esta meditación no a la propia eternidad, sino a la eternidad de los otros, dado que hemos dicho que la mejor forma de salvarse es salvando a otros.

Hablemos positivamente de este tema, hablemos de la salvación de los demás.
Primero: Cristo me pide que salve almas, lo pide muriendo en la cruz: “Tengo sed, sed de que salves muchas almas”. El mandato supremo de Jesús ya a punto de irse de nuevo al cielo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las criaturas”, hoy se traduciría así: “Volved de nuevo a todos los caminos recorridos por los primeros e vangelizadores”. Es la Nueva Evangelización de la que habló y gritó Juan Pablo II.

Cristo te necesita; te necesita a ti, a mí, a todos los que estamos aquí, y nos necesita enteros: no un tiempecito, sino todo tu tiempo; no un esfuerzo, todo tu esfuerzo, tus fuerzas físicas, espirituales, intelectuales, etc., etc.

Cristo, recuérdalo, te ha confiado unas almas. Guíalas, reza por ellas, motívalas, compromételas; convierte a cada una de ellas, a su vez, en apóstol de otros, en un salvador de otros, y que siga la cadena...
Al Cristo coronado de espinas, al Cristo flagelado, al Cristo agonizante en la cruz, al Cristo que tuvo tiempo para nacer en Belén por ti, tiempo para nacer en la pobreza por ti, tiempo para morir crucificado por ti, tú no le puedes decir: “Yo no puedo, no sé, no tengo tiempo de salvar a mis hermanos”. ¿Le debes mucho? ¿Le amas mucho? ¿Quieres agradecerle?
Además, la Santísima Virgen te lo pide también. Ella también tiene sed de las almas de sus hijos. Es una Madre que ve cómo muchos de sus hijos se condenan para siempre. ¿La quieres mucho, le debes mucho? Cuántas veces lo hemos dicho... Sin rubor, yo tengo que decir que, si hoy sigo en pie, se lo debo a una mujer, de nombre María, de la que estoy muy orgulloso de que sea mi Madre. Escucha su grito lastimero: “¡Ayúdame a salvar a mis hijos, a tus hermanos!” Hay una canción que a veces le cantamos. A mí me gusta mucho una de sus frases que dice así: “¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí!”

Me gustaría, y creo que a ti también, que ella me cantara una canción con una frase como ésta: “¡Gracias, hijo, por haber dicho que sí!”

Cada día se llena más el infierno de gente, también el cielo. Si es cierto que, según se vive así, se muere, saquemos la conclusión. Si tú no vas allí no es porque no hayas hecho los méritos, y muchas veces, sino por un privilegio, porque un pecador se convierte automáticamente en un condenado, a menos que le salven. Si te indultan, no es mérito tuyo, sino de Cristo crucificado. Somos condenados indultados. ¿Cuál sería la mejor forma de agradecer? Salvar a otros, ayudarles a que tomen el camino del cielo.

Nosotros ignoramos de qué nos han librado. Para comprenderlo, deberíamos haber estado allí. Santa Teresa vio el infierno. Ella sí sabía lo que era: “Este era tu sitio para toda de la eternidad”. Así le dijeron a ella. Palabras que con más razón que a ella, nos podría decir Cristo a nosotros.

Pero, si nosotros no vamos allí por la infinita misericordia de Dios, otros sí irán. Hay almas que nunca disfrutarán de Dios. Su eternidad será un sufrir sin parar, sin remedio y desesperadamente. El cielo tendrá eternamente cerradas sus puertas para ellos; y son aquellos que en este mundo conocieron a Dios y no quisieron aceptarlo. Y, cuando lo conozcan en toda su impresionante santidad y hermosura, será solo para constatar que ese Dios, esa felicidad absoluta y total nunca la tendrán, será para otros.

Todos los días mueren en el mundo alrededor de doscientas mil personas: de hambre, de ancianidad, de accidentes, en las guerras. ¡Cuántos niños mueren de hambre cada día en el mundo! ¿Todos esos hombres se salvan? Muchos, muchos se condenan. Hoy comenzarán muchas almas su eternidad infeliz, hoy, y otras mañana. ¡Pobres! Piensa que eres tú, imagina que eres tú el que mañana te condenas para siempre.

Estas personas me están pidiendo, te están pidiendo a gritos que les ayudes. ¿Te impresiona sentarte junto a compañeros ateos, que viven mal, tremendamente mal, o te da soberanamente lo mismo? ¿Haces algo por ellos? Porque supongo que tú y yo podemos hacer mucho, salvar muchas de esas almas, porque tienes los medios, tal vez te sobran los medios. Cristo te ha dado la Iglesia, te ha dado quizás una formación religiosa, te ha dado un instrumento apostólico, te ha ayudado a ti con tantos elementos de predestinación. Hay personas que no han entrado a la Iglesia católica porque tú tienes la llave y no has querido abrirles la puerta: ellos están ahí afuera esperando que tú quieras abrirles.

Salvar una alma es el favor más grande que le puedes hacer a una persona. Conseguirle una eternidad feliz. Aunque lo consiguieras a una sola persona, sería fantástico. Ojalá que en la otra vida muchas almas puedan decirte: “¡Yo estoy aquí por ti, tú me salvaste; si no llega a ser por ti nunca me hubiera salvado!” Yo como sacerdote tuve esa motivación para tomar mi decisión, cuando era un niño de diez años: la salvación de las almas. Sí me gustaría oír que por lo menos un alma se ha podido salvar por mi ejemplo, por mi oración o por mi palabra. Ojalá fueran muchas.

Cuando un santo va al cielo nunca va solo, con él se salvan muchas almas; les esperan en el cielo con los brazos abiertos para darles las gracias eternamente. Y me pregunto : “¿Cómo se pueden dar las gracias a una persona que le ha conseguido la vida eterna?”

Recuerdo el ejemplo de Santa María Goretti, aquella niña que, antes de fallar a su virtud de la pureza, se dejó dar catorce puñaladas por el joven Alejandro. Y no murió en ese momento sino en el hospital unas horas más tarde, después de haber perdonado a su agresor. La policía cogió a ese muchacho, y fue condenado a cadena perpetua, cárcel de por vida.

Estando en la cárcel, recapacitando en su terrible crimen, le entró la desesperanza, y quiso ahorcarse pero, fue o una visión o una palabra interior de esta niña que le decía: “¡No lo hagas, porque te irías al infierno!” Y este joven le hizo caso, y no se suicidó, más aún, empezó a comportarse de buena manera en la cárcel y con ello consiguió que, después de algunos años, lo liberaran.

Lo primero que hizo fue ir a casa de la mamá de María Gorettí; era el día de Navidad. Era ya un hombre. Al entrar dijo:
- Señora ¿Me reconoce?
- No, no sé quién es usted.
- Yo soy Alejandro, el que asesinó a su hija. Acabo de salir de la cárcel por mi buen comportamiento; le ruego nuevamente me perdone lo que hice.
La mujer, que era muy católica, le dijo:
- Hace mucho tiempo que le he perdonado y le he rogado a Dios por usted.- Y la prueba de que realmente lo había perdonado es que fueron a misa y comulgaron juntos, la mamá de esta niña santa y el asesino de ella.

Yo ahora pienso en lo que seguía de la historia de este hombre. Cuando yo era un estudiante en Roma, un día, después del desayuno leí en el periódico del Vaticano “L°Osservatore Romano”, un artículo titulado así: “El asesino de María Gorettí acaba de morir”. Me lo leí de corrido, porque a mí me había impresionado mucho esta historia, incluso, había estado en su casa y después en su Basílica cerca de Roma. La lectura decía, en resumen, que este hombre había ido a un convento a pedir trabajo, que había vivido como un auténtico cristiano, y acababa de morir. Enseguida pensé en el reencuentro del asesino y la niña santa y pura, en el cielo. Me preguntaba: “¿Cómo se pueden dar las gracias? ¿Con qué ojos miraría a aquella alma inocente a la que la acuchilló catorce veces? ¿Cómo se pide perdón? El reencuentro.....”Esta niña santa logró lo más grande que se puede lograr, llevar al cielo a la persona que más daño le hizo. Estas maravillas suceden en el cristianismo, en esta religión del amor, cuando el amor llega a su culmen.

Cuando tú vayas al cielo ¿irás sólo, sola, o muy acompañado, acompañada? Es muy importante preguntarse esto, porque tú, tal vez, eres un papá, una mamá, has tenido hijos y, al llegar allá, preguntarás: “¿Dónde está Juanito, donde está Paulina? ¿No están aquí mis hijos? ¿Dónde están?” No sé si empieces a decirle a San Pedro: “Pues mire, San Pedro, le voy a decir lo que es la adolescencia: Es una edad en la que uno no entiende nada, a mí no me hacían caso, pues yo les decía que fueran a misa y no querían ir etc. ¿Le explico lo que es la adolescencia, la adolescencia... ¿Eso es todo lo que sabes decir?”

Realmente como padre o madre ¿hiciste todo lo que estaba en tus manos con oración, con sacrificio, con testimonio y también con una palabra oportuna, para lograr lo más importante para ellos, tus hijos, su salvación eterna? ¿O los alimentaste muy bien, disfrutaron de la comida, de la bebida, de los viajes, de los juguetes, pero... pero de fe, poco? Mucho ayuno de fe, mucha hambre de fe, porque tú no la tenías, y no pudiste dar lo que no poseías.

Y, ¿de qué te ha servido dar de comer a tus hijos, y darles todos los regalos del mundo, si no has logrado que estén un día en el cielo con Dios? ¡De nada! Por eso, ¿llegarás solo, sola, ó muy acompañado, acompañada?

En mi caso, como sacerdote, sé que no podré entrar solo en el cielo. O llevo a otras almas conmigo o para mí no hay boleto. Lo sé, estoy perfectamente consciente de ello.

¡Qué distintos se ven los sacrificios, el trabajo, cuando se puede salvar un alma más! ¿Qué importa tu cansancio, tu sufrimiento, con tal de salvar un alma? Si un día una persona condenada pudiera decirte: “Tú me pudiste salvar, y no te hubiera costado mucho: aquel retiro bien hecho, aquel compromiso espiritual, ¿qué te costaba?, aquel sacrificio que rehuías, aquel testimonio que yo quería ver en mi padre, en mi madre o en mi amigo, aquel acto de obediencia que no te hubiera costado mucho... pero no quisiste”. Le responderías que no tuviste tiempo, o que no tuviste ganas de hacerlo. ¿Qué tal, si los papeles se hubieran cambiado? Por qué has de ser tú el afortunado, el que ha recibido tantos dones de Dios, y él o ella no? Porque tú eres cristiano, incluso antes de que te dieras cuenta. Porque desde niño, niña, te llevaron a la pila bautismal y te pusieron el sello de cristiano, y de ahí en adelante todo el patrimonio cristiano es tuyo: La Biblia, los sacramentos, la Iglesia, la educación cristiana, etc. Y ¿qué tal, si Cristo te hubiera dicho a ti: “Yo no tengo tiempo de salvarte, no tengo ganas de venir a la tierra a morir en una cruz por ti?”.

Recuerda que hubo un momento en Getzemaní en que ese Jesús casi agonizante, sudando sangre, le pedía a su Padre, cuando veía que se le echaba encima la cruz y todos los sufrimientos: “¡Padre, si es posible aparta de mí la pasión!” Para que veas si a Cristo le costó o no le costó, y si tuvo que hacer una decisión heroica, que le costó sangre, para salvarte.

Y luego tú y luego yo decimos: “¡Ay! No tengo tiempo, no tengo ganas de hacer nada!” Pero Cristo sí tuvo tiempo, sí tuvo ganas de venir a salvarte y ¡qué bueno que así fue!
El día que vayas al cielo, repito, ¿irás solo o muy acompañado? Aún quedan preguntas: ¿dónde está tú mamá, tú papá, tus hermanos, tus amigas, tus hijos? No lo sé. A ver qué razón vas a dar.

A veces Dios permite ver si salvamos a alguien. Un obispo fue a visitar un convento de monjitas; les celebró misa y, a la hora de repartir la comunión, sintió que se desmayaba, que se caía, pero se recuperó y siguió repartiendo la comunión. Al final de la misa le dijo a la superiora: “Me gustaría saludar a todas las hermanas”. Las reunieron. El obispo estaba bien nervioso, fijándose en todas las monjitas, como pensando: “aquí falta alguien”, y le dice a la Superiora: “¿No falta alguna religiosa?” Ésta le respondió: “Creo que no, pero, de todas formas, vamos a buscar”. Fueron a buscar a una monjita muy mayor que se había ido a su trabajo en el jardín después de la Misa. La mandaron llamar y le dijeron: “El señor obispo quiere saludarnos a todas”.

Cuando el Obispo la vio, dijo: “Madre, por algo le decía yo que faltaba alguien. Les voy a contar un secreto que no he contado a nadie: Cuando yo era joven, sentía que Dios me llamaba y me decía: “vete al seminario”, pero yo, oídos cerrados. Y un día, estando en una fiesta, en un baile muy divertido, no sé qué fue, pero vi la cara de una mujer que me dijo muy seria: “Tienes que irte al seminario”. Me llevé un susto tan grande que me lo tomé en serio y fui al seminario. Me he ordenado sacerdote y hoy soy obispo. Pues bien, viniendo hoy a su convento, he vuelto a ver la cara de aquella mujer, y es esta religiosa”.

La monjita se quedó un poco estremecida, asustada, porque todas las hermanas la miraban, y preguntaban: “¿Usted, hermana, qué ha hecho?” Ella respondía: “Yo, yo, nada. Bueno, todos los días pido por las vocaciones sacerdotales”.

Dios le hizo ver a este obispo, por si se sentía muy obispo, a quién le debía su vocación y la perseverancia en ella. Yo a veces me he puesto a pensar: “¿Quiénes serán esas benditas personas, perdidas quién sabe por dónde, que piden por los sacerdotes, y a quienes yo un día tendré que decirles: ¡Gracias! porque me ayudaron a salvarme?”
La misma Santa Teresa, o Teresita, como la llamamos, cuenta en su autobiografía, en la Historia de un Alma, un caso como éste: “Había un matón que había ajusticiado a tres personas de la nobleza. Lo arrestaron y lo condenaron a la guillotina”. Entonces Teresita tendría alrededor de catorce años, y ya desde entonces manifestaba un gran deseo de salvar almas. Se enteró de lo sucedido y fue a decirle a Jesús: “¡Ay! Dios mío, este pobre pecador se va a ir al infierno por lo que ha hecho, pues no quiere arrepentirse. Por favor, pídeme lo que quieras, pero haz que este hombre se vaya al cielo! Y además, dame una señal”. Y como ella tenía una confianza verdaderamente de niña en Jesús, esperó pacientemente lo que iba a pasar.
El día que lo llevaban a la muerte había allí un sacerdote con su sotana y un cinturón del que colgaba una cadena con un crucifijo. Estaba allí, por si se quería confesar. ¿El otro? ¡Para nada! Como una tapia. Y el pobre sacerdote pensaba: “¡No hay nada que hacer!” Un poco antes de ser ajusticiado, de pronto, el hombre se acerca al sacerdote, toma aquel crucifijo y lo besa bañado en lágrimas ¡Ésa era la señal, la señal que había pedido esta niña santa! Esta niña santa cuyos restos pasaron no hace mucho tiempo por México, y que es patrona de las Misiones.

Nuevamente, como en el caso de María Goretti, me imagino a este hombre llegando al cielo, y preguntando: “¿Qué hago aquí? Creo que me he equivocado de lugar”. -“No, no, está usted bien”- -“Pero,¿ a quién se lo debo?”- Seguro que san Pedro le habrá dicho: “¿Ve usted a aquella niña, Teresita, que es muy amiga de Jesús? Pues esa niña ha logrado que Dios le perdone, y que esté usted aquí en el cielo”.

¿Cuántas sorpresas de estas habrá en la otra vida? Yo estoy viendo con los ojos y con la imaginación a Dios diciéndole a algunos papás: “¿Ve usted a ese niño, a esta niña? -“Sí, es mi hijo Pepito, mi hija Juanita...”-
-Pues aquí, delante de mis ángeles, dele las gracias, porque está en el cielo gracias a su hijo, a su hija. El me pidió tanto, con tanta ternura y persistencia la conversión de su padre que me arrancó esta gracia.”
Yo sé que muchos niños y niñas van a llevar al cielo a sus papás. Me acuerdo de un niño de Chetumal que, hace años, era mi acólito; siete años tenía, llegaba a la misa con mucha devoción, y comulgaba con gran respeto. Un día llegó a la parroquia un señor como de dos metros de alto, agarrado del sombrero y bien temeroso, y me dijo:

- ¿Usted es el Párroco?
- ¡A sus órdenes!
- ¿Le puedo robar unos minutos para hablar con usted?
- ¡Claro que sí!
- Le vengo a hablar de Pepito... - Y le pregunté:
- ¿Usted es su papá?
- ¡Sí! Me ha dicho que le ayuda en las misas de las cinco de la tarde.
- Sí, en verdad es un angelito.
- Pues mire, le vengo a hablar de él.
Yo sospeché que había hecho alguna travesura, pero no. Dijo:
- “¡Travesuras no, padre! Lo que pasa es que me ha dicho: “Papi, ¿por qué no vas a misa? ¿Por qué no te confiesas? Me lo ha repetido tantas veces que en dos ocasiones le he dado una bofetada. Y mire, me quema la mano, padre, porque es mi hijo, es un inocente, tiene además la razón... Así que, si no tiene inconveniente, padre, vengo a confesarme, tengo ocho años que no piso una Iglesia”.

Y yo pensé en aquel niño, en aquel apóstol medio mártir conversando en la comunión: “¡Ay! Diosito, hoy me pegó mi papá, pero no importa, te lo ofrezco para que un día sea tu amigo como yo!” ¡Cuántos casos de estos yo les podría contar a ustedes!

Recuerdo que en otra ciudad, hablando con un señor bastante joven, me decía esto:
- “Mire, padre, mi esposa y yo de jóvenes no recibimos formación religiosa alguna, pero, desde que nuestro hijo esta yendo a su colegio, nos está enseñando a rezar”. Yo pensé que debía ser de Secundaria. Seguimos hablando y hablando, y volvió a decir:
- Mire, que nos enseña a rezar el niño.
- Y ¿cuántos años tiene el niño?
- Cuatro años, padre.
- ¿Qué? ¿Cuatro años?
¡Claro! El niño nunca había oído hablar de Dios en su casa, ni rezar.
Llegaba al colegio y la Miss. de Moral le hablaba de Diosito, de rezar a la Virgen. Llegaba a casa y decía:
- “Papi, mami, ¿por qué no rezamos?”
- ¡Pues, ponte a rezar!
¿Se imaginan a Dios y a los ángeles viendo aquella escena: un niño de cuatro años rezando y haciendo rezar a sus papás? Y hablando con la esposa, decía: “Sí, padre, el otro día estaba con la radio puesta, y me dijo: “Mami, no hemos rezado el Rosario”. Bajé la radio, y nos pusimos a rezar”.

Claro, cada misterio para él era de un Ave María, pero a la Virgen María le agradaba más este misterio de un Ave María que las diez que muchos rezan distraídamente. Ha sido el Apóstol más chiquito. Un día fui al colegio, y le dije a la Directora: “Sin decirle para qué, presénteme a este niño, pues me quiero cuadrar”. Y allí lo tuve delante de mí, un niño de tan solo cuatro años, pero un niño que enseñaba a rezar a sus padres.

¡El mundo al revés! Los padres deben educar a los hijos, sobre todo en la religión. Pues ahora, no se sabe quién enseña a quién. Yo al menos tengo no menos de treinta o cuarenta casos de niños y niñas que han llevado a sus papás a la Iglesia a rezar, a retiros. Algunos papás han escrito una carta a su hijo dándoles las gracias.

Si eres agradecido y, si Dios a ti te libra del eterno dolor, ¿no podrías, no querrías hacer algo por alguno de tus hermanos? Y, si eres alguno de esos padres, madres de familia, ¡piénsalo! Si tú no salvas a tus hijos, ¿quién los va a salvar: el chofer, la criada? Tienen un solo padre y una sola madre, y eres tú.

Por otra parte, el que salva un alma salva la suya propia. Trabajar para los demás es la mejor manera de trabajar para sí mismo, como la manera de ser infeliz es ser un egoísta. Salva a los demás, y te salvarás a ti mismo. Capta a otros para el Reino de Dios, y te darán el boleto gratis a ti.
Por eso, podríamos concluir de esta manera: O salvamos almas, o no haremos nada, no seremos nada en la vida.

Quiero concluir con una petición: “Vengo a pedirte una limosna a ti que puedes dármela, en nombre de miles de jóvenes que no han sido tan afortunados como tú, en nombre de cientos de muchachos y de niños entre los doce y veinticinco años que intentaron suicidarse y en nombre de los cientos de chicos y chicas que no solo lo intentaron sino que se quitaron la vida. Dame una limosna de esperanza para los cientos de jóvenes entre los doce y veinticinco años, que un día me han dicho llorando de desesperación: ¡No encuentro sentido a mi vida!” Un muchacho de catorce años me dijo un día: “¡Me quiero morir!”

Una limosnita de caridad para los miles de gentes que no creen en Dios, que no creen en nada, que viven sin ilusión, gente sin esperanza que caminan por ahí sin rumbo. Una limosnita, por amor de Dios. No te pido que me des todo lo que tienes, dame un poquito de lo que te sobra, las migajas de tu fe, de tu esperanza, de tu ideal. Te pido una limosna en memoria de los que han muerto en pecado mortal y se han condenado para siempre. No te la pido para ellos, ya que les llegaría demasiado tarde; te pido una limosna de oración para los que están en la fila. Una limosna para los que, hartos de la vida, se la arrancaron violentamente, porque nadie les tendió la mano a tiempo.

Sé que estas muy ocupado, sé que tienes muchas cosas que hacer; tan solo dame un minuto de tu tiempo, una sonrisa, una palabra de aliento. Tú que pareces feliz, dime: ¿crees que puedo ser feliz en este mundo? Tú que te sientes tan sereno, ¿cómo le haces? Tú que hablas de un Dios que te alegra la vida, ¿podrá alegrar también la mía? Tú que pareces tener un por qué vivir, ¿no quieres dármelo a mí? Pero date prisa, porque ya estoy harto de seguir viviendo, de seguir pudriéndome en esta vida sin sentido y, posiblemente, si tardas, ya me habré ido al otro lado.

Una limosna pequeña. Mira esta mano extendida, es mi mano, pero esta mano representa a muchas manos, por ejemplo, la de aquel que dijo: “Y sigo pensando en un Cristo Místico, compuesto por cada uno de mis hermanos, y escucho su voz que clama: “Tengo hambre y no me das de comer, hambre de Dios. Tengo sed y no me das de beber, sed de vida eterna. Estoy desnudo y no me vistes, no me defiendes de mis enemigos. Y me convenzo de que esta hambre de Dios puede convertirse en desesperación, esta sed puede convertirse en rabioso frenesí, esta desnudez puede llegar a ser muerte”.

Y, si das esa limosna, en nombre de Dios y en nombre de todos esos infelices, ¡gracias, muchas gracias! El mundo, tú mundo está lleno de desgraciados, hambrientos, tristes, desesperados. ¡Una limosna por amor de Dios para un desgraciado!”


P. Jaime Zavala Zavala, msp.

Felipe, un niño de ocho años, se ha acostumbrado a comer a cualquier hora del día y lo que él desea. Sin que él lo sepa –y mucho menos sus papás-, este infante ya es un adicto a su forma de comer tan indisciplinada. En el futuro, le será difícil abstenerse  de consumir lo que  a él le gusta. Cuando sea adulto no va a tener  el control de sus pasiones. 

Entonces, ¿Qué son las adiciones? Según Gerald May <<toda adicción, es cualquier conducta compulsiva, habitual, que limita la libertad del deseo humano… todos somos adictos… las adicciones al alcohol y a las drogas son simplemente más obvias y más trágicas que las que tienen algunas otras personas. Estar vivo es ser adicto, y estar vivo y ser adicto es tener necesidad de la gracias>>.

May señala que las adiciones se clasifican en: adiciones de <<atracción>> en el que se busca aprobación y buscar lo agradable; y adiciones de <<aversión>>, por ejemplo, evitar conflictos y la misma ira. Entre las cosas que pueden generar adicción están: la televisión, internet, ir al cine, lectura, música, golosinas, comidas, dormir demasiado, droga, alcohol, dinero, sexo desenfrenado, etc. 

Por tanto, un adicto no tiene libertad, no tiene dominio de si mismo, actua movido por instinto o mediante el inconsciente. No está educado para desprenderse de las cosas. Su alma está vacía que parece ser un fantasma. Vive, pero sin sentido de la vida. De modo que una adicción refleja un medio para escapar de la realidad dolosa en la que vive; busca llenar un vacío interno y <<sentirse bien>>.

La solución para dejar las adicciones no solo es la prohibición, ni el estar en lugares de rehabilitación. Esto seria como buscar  una sanación mágica. Lo que se necesita  es arrancar este mal de raíz: hay que formar educar desde la infancia. Y si ahora en la juventud, se tiene ese conflicto, lo mejor  es sanar heridas internas que atormentan al hombre. Por ejemplo, si alguien es adicto a la Tv, es posible que tenga miedo a la soledad y a encontrarse consigo mismo, o bien, que sea una manera de distraerse para hacer lo que le corresponde; o podría ser una falsa percepción, pues no sabe distinguir entre la realidad y la fantasía. Por eso, cuando se le prohíbe ver al Tv, es como un <<león enjaulado>>; y preferiría, incluso, no comer con tal de ver lo que le complace.

Así que, cuando existe dependencia de alguna cosa, es señal de adicción. Algunos de sus síntomas son: no interesarse por salir o pasar tiempo con la familia, aislarse de todos con el afán de hacer lo que le agrada, disgusto exagerado cuando algo interfiere en su adicción, entre otros.

Por tanto, es preciso que toda persona que se sabe dependiente de alguna cosa o persona, revise su vida interior y su pasado, pues ahí podrá encontrar el porqué de su afán o apego desmedido y, una vez que ha reconocido su adicción, se encuentre en condiciones para pedir la ayuda necesaria. La oración, los sacramentos, la lectura de la Palabra de Dios y una adecuada orientación espiritual, serán medios eficaces para superar este problema y comenzar aser la persona feliz y libre que Dios quiere que sea.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 27), y si Él no es posible alcanzar la felicidad del corazón. Mas, cuando llega la conversión y se acepta al señor en la propia vida, todo es posible.

De: Inquietud Nueva  septiembre-octubre 2014 N°179.
Capturado por: Hermano Sergio Alberto Santiago Vargas.
Grupo: CERS. 
Parroquia María Auxiliadora Diócesis de Tuxpan, Veracruz.


José Ernesto Hernández R., msp.

Uno de los problemas al que se enfrentan los devotos a la mal llamada <<santa muerte>>, una vez que saben que su culto es satánico en esencia, y que, por tanto, desagrada a Dios, es el miedo a dejarlo. Los mismos brujos o curanderos -como suelen llamarse- se encargan de llenar a los <<devoto>> de falsas ideas que mantienen a las personas sometidas u obligadas a permanecer en dicho culto. Más, ¿acaso no es esto una contradicción? Si es <<buena>> como dicen, ¿Por qué tener miedo?

Las ideas al respecto son muy variadas, por ejemplo: <<si dejo el culto, la “niña blanca” se va a vengar llevándose a alguno de mis familiares o a alguno de mis hijos>>, <<no puedo tirar la imagen que tengo en la casa porque luego aparecerá otra más grande, siempre me perseguirá>>, <<si dejo de ponerle manzanas y veladoras ya no me va a rendir el dinero>>… Así, existen personas que están convencidas de que una vez que han participado del culto o veneración a la <<niña blanca>> es imposible dejarlo.

La muerte, en primer lugar, no existe como persona, sino que solo es un estado, como el nacimiento de alguien o el celebrar un cumpleaños. Dice san pablo: <<porque no estamos luchando con poderes humanos, sino con malignas fuerzas espirituales, que tienen mando, autoridad y dominio sobre el mundo de tinieblas que nos rodea>> (Ef 6, 12), por lo tanto, se requiere compromiso y decisión en quien quiere abandonar de manera definitiva la devoción, o dejar de <<trabajar>> con la muerte en el caso de los <<curanderos>>. Se trata de una verdadera conversión de vida no de un sentimentalismo momentáneo.

Lo primero que se debe hacer es una renuncia  fuerte y decidida de esta práctica, mediante el sacramento de la Reconciliación, pues su finalidad <<es la de participar la vida divina>> (CEC No. 1131) como los otros Sacramento, que son gracia y fortaleza  de Dios que nos asisten  en nuestra vida diaria. Luego, es necesaria una profesión de fe en cristo Jesús, como único y absoluto vencedor de la muerte, y el Señor de la propia vida. Esto se debe hacer en la iglesia y, de preferencia, ante Jesús Sacramentado. Además, se debe invocar la presencia virginal de María, madre de Dios; así como la intercesión de los santos.

El segundo paso será destruir todo lo relacionado con el culto -nunca con una actitud retadora, sino como confianza en Dios- imágenes, amarres, amuletos, tirar lociones, fragancias, fetiches de las puertas, será importante destruir todo, y no sólo tirarlo sino destruirlo literalmente, para evitar el riesgo de que alguien vuelva a recogerlos. En el caso de imágenes o artículos hechos en algún metal precioso como oro o plata, se manda a fundir y a elaborar alguna otra imagen de preferencia  de algún santo. Mientras se estén destruyendo los objetos es conveniente rezar el rosario, o alguna oración que se sepa. Si es posible, invítese al sacerdote para que bendiga la casa.

Es importante saber que esto no es magia, ni tiene nada que ver con un exorcismo, solo se trata  de una renuncia al mal y de un acto voluntario de fe y cambio de vida, así como la aceptación de Jesucristo. Será necesario frecuentar los sacramentos, y a Eucaristía al menos los domingos, así como la lectura y meditación de la palabra de Dios pues <<la palabra de Dios es la espada que les da el Espíritu santo>> (cf. Ef 6, 17). Nunca debe predominar el miedo pues el evangelio, que es cristo mismo, es <<poder de Dios para todos los que creen, alcancen la salvación>> (cf. Rm 1, 16).

De: Inquietud Nueva  septiembre-octubre 2014 N°179.
Capturado por: Hermano Sergio Alberto Santiago Vargas.
Grupo: CERS.
Parroquia María Auxiliadora Diócesis de Tuxpan, Veracruz.


Alejandro Ledesma Solórzano

Más que juzgar  a quien comete aborto, se debe dar el apoyo necesario para que la mujer comprenda y sane su dolor. El aborto, además de ser lamentable y doloroso en todo sentido, es un acto reprobable del ser humano. No hay situación que justifique esta acción: ni por evitar o posponer la maternidad, por condiciones socioeconómicas, problemas en la relación, violación o simple ignorancia, ¡no la hay!, puesto que abortar, simplemente y concretamente es asesinar.

Las cifras reportan miles de casos de madres que optan por privar de la vida al hijo que llevan en las entrañas, pero, ¿Qué se puede hacer después de cometer un aborto? De acuerdo con María del Carmen Aguilar padilla, especialista en temas de rehabilitación post-aborto e impartidora de terapia psicológica; existe un motivo importante que responde al dolor después del aborto:

<<El dolor surge porque la maternidad y el perpetuarse a través  de sus hijos es inherente  a la mujer. Es un deseo muy íntimo que se guarda en el corazón de cada mujer y viene fuertemente impreso en el alma>> (¡Abortaste! Al rescate de ti misma).

Esta especialista indica que es importante distinguir los dos tipos de aborto: <<el espontaneo o involuntario  que sucede ya sea por causas naturales o por un accidente, y el provocado intencionalmente, [es decir], el que por voluntad propia se recurre a ciertos medicamentos para expulsar al bebé del vientre materno>>.

Por su parte, Aguilar padilla quien es vicepresidente del instituto para la Rehabilitación de la mujer y de la familia A.C. (IRMA), preciso que las consecuencias de un aborto son graves y complejas: <<por un momento creíste haber escapado de un problema, pero la realidad es que ahora estas más hundida que nunca, tu problema es grande. Te has quedado vacía y a oscuras, cambiaste una historia de vida por una de muerte; nadie te acompaña en tu duelo, te has quedado muy sola y con una herida muy profunda>>.

Respecto al síndrome postaborto, estudios arrojan que este suele aparecer tardíamente, pasados meses e incluso varios años desde que el aborto fue ocasionado. Las manifestaciones  más frecuentes van  desde depresión, ansiedad, rabia, vergüenza, hasta el rechazo de sí misma y un gran sentimiento de culpa. Además, se ha comprobado que si la mujer padecía algún trastorno mental previo o bien tenía una cierta predisposición a padecerlo, el aborto suele agravarlo o desencadenarlo. 

Por otro lado, vidahumana. Org recomienda seis paso hacia la sanación posterior del aborto, pues es necesario admitir ante Dios su participación, ya sea por acción u omisión, en esta muerte, recordando que Dios todo lo perdona. Se sugiere hablar con un sacerdote y confesarse. Si necesita ayuda adicional, hay que dirigirse a un psicológico creyente.

  • Darle un nombre a su hijo y visualizarlo en los brazos de Dios padre. Decirle lo mucho que lo ama y lo arrepentida que esta por lo sucedido. Esto le ayudara a reconciliarse con el (o ella) y consigo misma.
  • Pedirle perdón a la madre del niño (si se le obligo o inclino hacia el aborto). Si la decisión fue solo de ella, perdonarla.
  • Perdonar también a todas las demás personas que estuvieron involucradas en el aborto,  de una manera u otra.
  • Si es posible, realizar algún tipo de labor voluntaria por-vida, que ayude a preparar  el error cometido. Unas palabras para concientizar pueden salvar la vida de un pequeño.
  • Continuar orando y recordar que buscando la felicidad de los demás se obtiene la propia.


De: Inquietud Nueva  enero_febrero 2014 N°175
Capturado por: Hermano Sergio Alberto Santiago Vargas 
Grupo: CERS  
Parroquia María Auxiliadora Diócesis de Tuxpan, Veracruz



P. Demetrio Vargas Gómez, msp.

La primera Exhortación apostólica del papa francisco exige una reflexión a fondo e, iluminados por ella, programar nuevos propósitos que puedan concretarse en este año que comienza. 

Sin duda una de las cosas más desesperantes para todos es la falta de alegría, hecho que se hace notar de muchas maneras. La falta de alegría no estresa, nos hace más vulnerables y le roba el sentido a muchas cosas que vivimos. En el afán de encontrar  la alegría, se cae en situaciones  que parecen ser portadoras de ella, pero que, en realidad, solo aumenta la soledad y alejan a las personas de otras. Tal es el caso de quien se emborracha para estar “contento” o se va a las fiestas para pasar un rato de “alegría”. Al final, el vacío interior sigue presente y no solo eso, si no aumenta la soledad y la desesperación.

El mundo –advierte el papa-, siempre presentara al hombre su protesta  engañosa para hacerlo feliz. Y en la aceptación de  esa propuesta, el ser humano gasta sus fuerzas para lograr metas y ambiciones, a las que a veces califica de sanas. El hombre se la pasa trabajando para conseguir lo que supuestamente le hará feliz pero al mismo tiempo desea deshacerse de los medios que utiliza para alcanzar tal fin. Todo lo realiza para tener con que satisfacer su necesidad de felicidad, pero nunca la alcanza, termina solo y decepcionado, quejándose de los que el estorban para lograr sus propósitos. Ese mundo de contradicciones que no deja al hombre ser feliz necesita de una iluminación diferente. Iluminación nueva y, a la vez, tan antigua como el cristianismo mismo.

El papa, invita a buscar la verdadera alegría, aquella que brota no del tener, sino de un encuentro personal con Jesucristo. Hoy se presume por donde quiera un cristiano que se pueda manipular, incluso no faltan los que misionan enseñando una doctrina que “medio aprendieron” y, aunque esta no es del todo despreciable, pronto se convierte en una carga imposible de seguir llevando. Se trabaja, sí, pero más como una “cara sufriente”, obligados a “cargar con una cruz”, que como verdaderos discípulos de Jesucristo.

No se puede vivir en la verdadera alegría trasmitiendo sólo la doctrina; ni cuando se siguen al pie  de la letra planes pastorales, sino que es necesario hacer una experiencia  de encuentro  personal con Jesús, pues lo que se trasmite es más que una doctrina, es la experiencia que se hace con el hijo de Dios, experiencia de encuentro y convivencia con  Él. Es a eso a lo que se llama “ser testigos”.

Se trata de trasmitir lo que se vive con Jesús, y esta es la fuente de la auténtica alegría. Pero no una alegría aparente, sino la de alguien que ha percibido  y aceptado su amor, el  cual lo impulsa a llevarlo a los demás. No puede ser que alguien triste, enojado, irresponsable, flojo, poco amable o poco servicial enseñe algo sobre Dios, pues no se puede hablar de lo que no se conoce. Cuando estas expresiones se dan, constituyen una prueba de que sólo se está trasmitiendo  una doctrina vacía y no una vivencia real

De: Inquietud Nueva  enero_febrero 2014 N°175
Capturado por: Hermano Sergio Alberto Santiago Vargas
Grupo: CERS
Parroquia María Auxiliadora Diócesis de Tuxpan, Veracruz


P. Daniel Escobar Gutiérrez, msp.
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Es alarmante y triste que se anuncia que actualmente 267 mil menores de edad viven en <<unión libre>> o en una situación vulnerable  en la ciudad. El 6% de las niñas de 12 a 17 años ya no son solteras, algunas por imprudencia. A temprana edad, tanto ella como él, han decidido juntarse y tomar responsabilidades sin estar preparados para ellas. Si esto ocurre en una ciudad, que será  en las  que se han hecho una estadística seria. ¿Por qué  dejar que los jóvenes se pongan cargas pesadas a sabiendas de que no funcionaran, en su mayoría, esas uniones?

La unión entre un hombre y una mujer es seria porque está en juego sus propias personas y su futuro y, si hay hijos, la situación es más delicada: Serán hijos si una familia  estable, serán una pareja  que se deje llevar por el azar del destino, se quedaran al aire los compromisos que adquirieron sin no funciona lo que planearon. Esta unión tiene muchos puntos débiles, que hay que tener presentes.

No hay vínculos serios.- Cuando dos personas contraen matrimonio dicen <<si>>, para siempre. Esto tiene un peso enorme que compromete sueños, ilusiones…, el construir la felicidad y realizarse con personas. Si al frase << quiero casarme contigo>>, no es para siempre, no vale lo que se puede decir a una persona que se pretende amar. Por otro lado, se dejan los mejores años de la vida a merced del azar. En cualquier momento se podría decir: <<no funciono>>, y cada quien seguirá su camino.

No hay compromiso.- Si no hay el peso de un <<si>> y de un vínculo que lo determine, se es presa fácil de que en cualquier  momento se dé el abandono, sui más. Lo peor es muchos casos es de que se desmorona todo, que dando en ruinas, y dejando lamentables consecuencias, de las que posiblemente nunca se levante ella o él o queden sumamente afectados los hijos, si los hubo.
En muchos casos, solo se mueven  por lo genital.- El matrimonio es un complejo de situaciones personales, culturales, de proyectos y de aspectos sumamente esenciales; por lo tanto, si se reduce al acto genital quedaría tan debilitado el matrimonio que se pensaría que para estar juntos el único motivo que hay es que se debe funcionar genitalmente si así se actúa  se está minusvalorando a las persona, porque esta se ve reducida a un simple objeto.

No es decisión estable.- Un arreglo no es decisión, sino que es facilitar la separación, pues no hay autoridad que controle, ningún vínculo religioso  que los una. Hay que sostener que  casarse hace a la pareja más estable. Algunas estadísticas muestran que el hombre es el que más insiste  en una unión de acuerdos mutuos con finalidad de que estos puedan romperse si es necesario. Si se busca un verdadero bien y un futuro estable es mejor <<construir sobre roca que sobre arena>>.

No hay respeto.- Si alguien dice amar a una persona, se esperaría que el tomara en serio, respetando su dignidad y su valor. El respeto tiene que ser la clave de muchas decisiones y éste debe contar con amor, preparación, planeación, gran disposición y compromiso para que la unión sea perdurable.

No hay amor real.- El amor exige fidelidad, día a día, crecer en la entrega mutua, permitir que Dios lo alimente y haga crecer y madurar esa decisión de amarse toda la vida.  Cuando se carece de amor, se cae en la desconfianza, la rutina, y un sinfín de prejuicios. Donde hay amor se puesta todo, se perdona todo, se cree, se asume cualquier compromiso, se pertenece  en el <<si>>, porque <<el amor es más fuerte que la muerte>>. El amor es como un fuego, que hay que avivarlo día a día, si no, se apaga.

No hay bines.- Muchas veces las relaciones y acuerdos que realizan personas que apuntan por la unión libre pueden estar revestidos de alevosía y ventajas muy egoístas y eso es un signo de que no se recogerá ningún beneficio. Por cita el dicho dice: <<siembra vientos y cosecha tempestades>>. Hay que aceptar por la experiencia de muchos matrimonios que amar es dar, haciendo feliz al otro y que el mejor bien es que esto llegue a ser una realidad mutua y para los hijos.
No se quieren hijos.- Si los hijos son bendición  de Dios, por qué ahora tienen que planearse con cierta pretensión egoísta y hasta con afán de seguir siendo libres por el hecho de que los hijos se consideran <<una carga o estorbo>>. La tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida. En este sentido, el hijo es una bendición para los padres y como tal tiene que ser aceptado y comprendido. La gratuidad es la ley de transmisión de la vida humana.

De: Inquietud Nueva  enero_febrero 2014 N°175
Capturado por: Hermano Sergio Alberto Santiago Vargas 
Grupo: CERS  
Parroquia María Auxiliadora Diócesis de Tuxpan, Veracruz






Johanna del Rosario Ixquiac.
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Soy originaria de Quetzaltenango, Guatemala. Mi familia está integrada por cinco hermanos, mi papa, mi mama, y yo. Quiero compartir como Dios, a través del servicio a la palabra, lleno mi vida. Mi padre, que actualmente es médico general y cirujano, se empeñó en terminar la carrera universitaria a pesar de tener 4 hijos. El siempre mencionaba a Dios y nos motivaba para que asistiéramos a Misa. Además de ejercer su profesión, el ayuda en la iglesia como ministro de Eucaristía. Mi mamá es una mujer dedicada a sus hijos, que siempre ha apoyado en todo a mi papá, para bien de toda la familia. Ella pertenece a la CERS (Comunidad Evangelizadora para la Reconciliación y el Servicio) de Quetzaltenango.

Cuando llego  la etapa de mi adolescencia experimente una gran soledad en mi interior a pesar de tener familia tan bella y numerosos amigos. Muchas veces me pregunte si realmente Dios existe, pues francamente lo concebía como algo lejano, incluso, a veces, castigador. También creía que Dios era solo para la gente mayor. Mi vida parecía no tener un verdadero sentido, y me preguntaba si así sería siempre.

Esto mismo me hacia tener  una actitud rebelde, y cuando me llamaban la atención yo creía tener siempre la razón, o que lo hacían para molestarme o porque no me querían. Pero conforme en la idea de que lo necesitaba era confiar en Dios. A los 18 años viví un retiro en el que puede descubrir a un Dios cercano, misericordioso y su amor le dio un nuevo sentido a mi vida. Pero Él quería mostrarme algo más: no era suficiente descubrir su amor y quedarme cruzada de brazos, sino que debía compartirlo con los demás. Un día, los Misioneros  Servidores de la Palabra me invitaron a integrarme a un grupo juvenil. La primera vez  que asistí, dentro del programa, proyectaron la película: << ¿Qué debo hacer, señor?>> Ese día descubrí como el servicio llena la vida, y me integre al grupo juvenil, creyendo que iba a ser suficiente asistir y ayudar en ratos.

Pero el señor quería todo: me quería a tiempo completo. El primer paso fue tomar Curso Bíblicos, luego, hacer apostolado. Llego el momento de participar en el retiro vocacional, de dar la respuesta y hacer mi experiencia  misionera. Fue un año de misión donde yo condicionaba a Dios; pero no pude escapar, como el profeta jeremías. Entonces di una respuesta definitiva, y tras haber cumplido mi tiempo de misión como laica, he ingresado a la formación para ser una religiosa Misionera Servidora de la Palabra. Realmente servir a Dios es lo que da plenitud y felicidad.

De: Inquietud Nueva  enero_febrero 2014 N°175
Capturado por: Hermano Sergio Alberto Santiago Vargas 
Grupo: CERS  
Parroquia María Auxiliadora Diócesis de Tuxpan, Veracruz

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