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(zenit – 31 agosto 2020).- Los obispos de Costa Rica enviaron a las autoridades de la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) una serie de indicaciones sobre moral bioética y cristiana y derechos y deberes constitucionales para orientar la asistencia a los pacientes de COVID-19 el pasado 28 de agosto.

La Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECR) dio a conocer dichos criterios éticos sobre el cuidado del paciente, ante la intención del seguro social de emitir un protocolo que contrasta las normas deontológicas y la moral bioética y cristiana y el inminente colapso de los servicios sanitarios del país.

Bajo el título, “Toda vida humana merece ser cuidada y salvada”, el episcopado cuestiona la aplicación reglas en una materia tan delicada y compleja desde el punto de vista moral y deontológico. Las vidas de estas personas se ven amenazadas ante la posible introducción de un “Protocolo de acatamiento obligatorio” que delimitaría la atención médica a ciertos casos.

Centralidad de la persona

“Para algunos, la atención a enfermos graves y críticos en situaciones extremas de limitación de recursos, pasaría por la selección de los pacientes a los que se atenderá antes que a los demás, a pesar de que no sean los más gravemente afectados, sino los más recuperables”, expone el texto.

No obstante, para los prelados, este criterio es “absolutamente extraordinario y excepcional”, que solo puede utilizarse en situaciones en las que existe una clara “desproporción entre las necesidades sanitarias y los recursos disponibles”, aunque la moral cristiana y la bioética personalista, apelarán siempre al cuidado médico de toda persona y en cualquier circunstancia”.

En definitiva, indican que “hay que aplicar todos los medios disponibles que sean proporcionados a la situación del enfermo” y teniendo en cuenta de que “lo que en cierto momento es un medio ordinario, puede después resultar extraordinario”, no obligatorio, pero quedando claramente señalado que “el primer principio fundamental es salvaguardar la centralidad de la persona en la atención clínica”.

Segunda ola

Costa Rica vive una segunda ola de la pandemia del coronavirus que amenaza a la población, con el potencial peligro del colapso de los sistemas de salud, sobre todo, por la escasez de ofertas de camas en las Unidades de Cuidados Intensivos, la falta de ventiladores, equipos de protección personal y medicamentos.

Según las autoridades son cerca de 39.700 los casos positivos confirmados desde el comienzo de la pandemia, más 15.000 personas recuperadas y 418 las personas fallecidas. Actualmente, hay 413 personas hospitalizadas de forma simultánea, de las cuales unas 133 se encuentran en unidades de cuidados intensivos.

14 criterios

En este contexto y bajo la primera premisa de que “el centro de toda la atención y ética médica es y será siempre la persona, el ser humano, creado en dignidad a imagen y semejanza de Dios”, la CECR ofrece en 14 puntos algunos criterios necesarios para la toma decisiones que comprometan la vida de los pacientes.

Así, el documento apunta que “no se puede abandonar a ningún paciente que necesite cuidados, ni siquiera en situaciones de catástrofe o epidemia” y recuerda que el sistema sanitario costarricense fue creado y mantenido en el tiempo para brindar una atención médica necesaria, generalizada y no excluyente.

La CECR aclara que el criterio para la atención médica debe estar basado en las probabilidades objetivas de supervivencia de cada paciente y en el mayor y mejor consenso científico disponible, pero no sobre la base de diferenciaciones o en detrimento del paciente según las posibilidades de atención sanitarias disponibles o por su estado de salud “sea cual sea”.

En este sentido, se remarca que “mo pueden ser criterios de priorización, ni el orden de llegada a los servicios de urgencias hospitalarias, ni la edad de los pacientes, ni su sexo, ni su status social o económico, ni su grupo étnico, ni su credo, ni el costo del tratamiento, ni el estado en que se encuentre”.

Nadie puede ser excluido

El documento reconoce que no en todas las situaciones clínicas de gravedad avanzada y con carácter irreversible se debe proceder al ingreso hospitalario, pero insiste en que siempre se debe considerar la atención humanitaria paliativa.

“El establecimiento de expectativas de vida a corto plazo es aceptable, incluso para no caer en el encarnizamiento terapéutico, aunque es claro que definir límites a mediano plazo constituye una toma de decisión muy arriesgada que se debe realizar con carácter extremadamente excepcional”, clarifican los obispos.

El episcopado recuerda los criterios constitucionales que exigen que ninguna persona quede excluida bajo, ninguna circunstancia, de la atención médica y que prevalezca siempre el bien y el valor supremo de Ia persona y de su vida. También se suman a la declaración de la Sala Constitucional de Costa Rica según la cual “nada ni nadie puede autorizar la muerte de ningún ser humano” tanto por acción como por omisión.

Asimismo, consideran que “Ninguna autoridad puede legítimamente imponer la eutanasia ni activa ni pasiva, ni permitirla, pues sería una ofensa a la dignidad del ser humano, un crimen contra la vida y un atentado contra toda la humanidad”.

El texto de los pastores costarricenses finaliza con un llamado a la solidaridad, a la compasión y al supremo principio del bien común para que en el respeto absoluto de la dignidad humana el país pueda superar la grave y dolorosa situación creada por el COVID-19.

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(zenit – 31 agosto 2020). – En Colombia, la diócesis de Cúcuta, atenta al fenómeno migratorio que se presenta en la frontera colombo-venezolana, con la ayuda de la caridad del Papa Francisco, asiste a los migrantes venezolanos.

De este modo, de acuerdo a una nota de la diócesis, el pasado 24 de agosto, se entregaron dos toneladas y media de alimento (panela, arroz, pastas, jugos, harina de maíz, sal y granos) para ser distribuidos entre los migrantes, con la colaboración y ayuda de la Policía Nacional, en los refugios que acompaña esta institución.

Consecuencias de la COVID-19

Las consecuencias de la pandemia de la COVID-19 han obligado a que miles de migrantes venezolanos deseen retornar a su país de origen. Por ello ahora se ven sometidos a esperar en improvisados refugios, donde atraviesan diversas dificultades, como la falta de alimentación y hospedaje, indica la nota.

Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, obispo de la Diócesis de Cúcuta, manifestó que “a pesar de la difícil situación económica que se vive hoy en día, también en nuestra Diócesis, no dejaremos de seguir ejerciendo la caridad con nuestros hermanos migrantes, porque la caridad de Cristo nos urge”.

El prelado realizó también un llamamiento a todos los habitantes de esta zona de frontera a elevar una oración para que el Señor guarde y proteja a las familias de Norte Santander de la peste y la enfermedad que acecha, e ilumine a los gobernantes para que puedan encontrar la respuesta apropiada a la necesidad que hoy tienen los hermanos migrantes venezolanos.

Entrega de desayunos

Asimismo, la Fundación Pía Autónoma Asilo Andresen, los días 27 y  28 de agosto se acercó al refugio de migrantes cerca al puente internacional Simón Bolívar, que comunica a Villa del Rosario (Norte de Santander, Colombia) con San Antonio del Táchira (Venezuela), para entregar desayunos a los niños y sus padres, que esperan allí para retornar a su país.

El Asilo Andresen, institución de la diócesis de Cúcuta, mantiene su compromiso con la protección de la infancia. A pesar que sus instalaciones físicas se encuentran cerradas por la pandemia, ha atendido permanentemente a los menores más vulnerables de Cúcuta y su área metropolitana.

Tal y como indica la diócesis de Cúcuta, precisamente, durante la pasada semana, gracias a las donaciones de empresarios a través de la Fundación Global Ave Fénix, se llevaron 600 desayunos, para alentar a los menores presentes en los refugios para migrantes, donde atraviesan numerosas necesidades.

Los desayunos son compuestos por avena y arepas rellenas con queso, los cuales son entregados por los sacerdotes y colaboradores del Asilo. El director de la Fundación, el presbítero Elver Rojas, asegura que este gesto sirve “para llevarle amor y consuelo de Dios a los niños y sus familias”.

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(zenit – 31 agosto 2020).-Hoy, en “Teología para Millennials”, el sacerdote mexicano Mario Arroyo Martínez reflexiona sobre la polémica generada recientemente sobre el film de Netflix Cuties.

Se trata de una película que aún no ha podido verse, pero habla sobre la erotización de cuatro niñas de 11 años. Para el padre Mario, doctor en Filosofía, “la reacción ante Cuties es también un tema profundo, pues nos enfrenta crudamente al vínculo complicado, verdadero nudo, que existe entre arte, ética y sociedad”.

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Da miedo reflexionar sobre Cuties el reciente film de Netflix, que saldrá a luz el 9 de septiembre. Se trata de un “terreno pantanoso”, “pegajoso”, “peligroso”. En primer lugar, porque es hablar de lo que todavía no hemos visto. No hemos visto la película, pero la publicidad y el tráiler son suficientemente elocuentes. El fenómeno invita a reflexionar en multitud de sentidos. Trataré de enumerar algunos.

¿Por qué es un terreno pantanoso? El simple hecho de titular a este artículo con el nombre de la película, el hablar sobre ella, es ya hacerle publicidad indirecta gratis. ¿Cuál sería la estrategia adecuada? ¿Dejarla pasar y mirar hacia otro lado, ignorándola conscientemente, para que rápido pase la tormenta y termine en el reino de la irrelevancia?

O, por el contrario, la actitud correcta es propiciar el merecido escándalo que supone la erotización de cuatro niñas de once años. Pero el escándalo, sea justo o injusto, suele generar pingües ganancias. ¿Hacer un gran escándalo no equivale a “morder la carnada” y darle una vigencia, publicidad y notoriedad que no merece? Ante casos como este, siempre recuerdo El crimen del padre Amaro, y cómo la llamada de los obispos mexicanos a “no verla”, la convirtió en la película mexicana más vista hasta ese momento.

Es “peligroso” porque supone utilizar un arma de la cual ya muchas veces hemos padecido los efectos, que suelen ser muy nocivos por arbitrarios e irracionales. Me refiero a “la cultura de la cancelación”. Esa nueva y silenciosa inquisición que determina arbitrariamente qué se puede decir y qué no en nuestra sociedad, limitando, muchas veces drásticamente, la libertad de expresión, de pensamiento y religiosa. La furia iconoclasta de la cancelación no admite razones, suprime todo diálogo y destruye, violentamente muchas veces, aquello con lo que disiente. ¿Pedir su eliminación antes de verla, no permitir al productor ofrecer sus razones, no es aplicarle lo que nos han hecho muchas veces y no nos ha gustado nada?

La reacción ante Cuties es también un tema profundo, pues nos enfrenta crudamente al vínculo complicado, verdadero nudo, que existe entre arte, ética y sociedad. ¿Todo arte, por ser arte, es legítimo? ¿Toda limitación al arte es una violación a la libertad de expresión? ¿Es válido el arte, aunque fomente la pedofilia –en este caso- o el racismo, el antisemitismo o a la violencia, en otros casos? ¿La sociedad debe aceptar absolutamente todo lo que tenga la etiqueta “arte”? ¿No es posible defenderse del “arte nocivo”? Y, a su vez, ¿cómo se entiende el arte? ¿Es un espejo de la sociedad?, ¿es una crítica a la sociedad?, ¿es educador de la sociedad?, ¿o las tres cosas?, ¿o ninguna de ellas?

Los productores de la cinta dicen que no se trata de una apología de la pedofilia, sino de una crítica a la precoz erotización de las niñas en la sociedad actual. Es decir, busca ser un espejo de la sociedad y mostrar crudamente el conflicto entre “los valores” sociales y los familiares. ¿Hay temas tabúes que está prohibido tratar? ¿La pedofilia es un tabú, pero la sociedad la consume continuamente en lo oscuro? ¿Prohibir la película no es caer en ese juego hipócrita? Hago como que no existe, cuando en realidad, está ahí. ¿Me escandalizo de las cuatro niñas que enseñan el ombligo y se mueven seductoramente, pero no me he molestado en mirar la inmensa cantidad de videos de Tik Tok, donde niñas de la misma edad hacen lo mismo y de la misma manera? Quizá se trata de que hacer una película y aceptarla pacíficamente, es darle carta de legitimidad a una conducta que nuestra conciencia nos dice claramente que está mal, aunque no sabemos cómo evitarla.

Algunos malpensados -entre los que me incluyo- pensamos que se trata de un cierto experimento social: suelto la película con un tema profundamente escabroso y mido las reacciones. Observo cómo reacciona la sociedad. Si lo hace vehementemente, si la oposición es contundente, recojo velas y espero. Si la reacción es tibia, ya di un paso, tímido pero firme, en la dirección que quiero: normalizar la pedofilia. Hacer que sea parte del paisaje cultural. Por eso me he animado a escribir este artículo, consciente de hacerle publicidad indirecta, porque pienso que es mejor que la reacción social sea clara y contundente. La sociedad finalmente tiene derecho de defenderse del agresor, no importa que este utilice el arma del arte.

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“Terciaria Servita. Discípula de santa Juliana Falconieri, a quien sucedió en el gobierno de la Orden y de la que fue su principal apoyo. Desde su infancia fue agraciada con diversos dones singulares”

Pertenecía a una de las familias de la alta nobleza florentina: los Soderini, que influyeron notablemente en la sociedad entre los siglos XIV y XVI. Culminaron su hegemonía al ser expulsados por haber mostrado su oposición a otra poderosa estirpe, la de los Medici, en un conflicto de bandos que enrarecieron la paz ciudadana. Pero los Soderini se hallaban en pleno apogeo cuando nació Juana en Florencia en 1301. Y también coincidió que en ese momento se iniciaba una época caracterizada por disensiones políticas con el enfrentamiento de grupos rivales encabezados por los Bianchi (Blancos) y los Neri (Negros). Hasta el pontífice Bonifacio VIII tuvo que mediar en 1300 a través del cardenal Matteo d’Acquasparta, a quien envió con la misión de apaciguar los ánimos. No prosperaron sus intentos; los conflictos se dilataron en el tiempo, y encima lo que se juzgó inadmisible injerencia del Papa tuvo una repercusión negativa para él.

En mayo de 1300 Bonifacio VIII remitió una carta al prelado de Florencia recordando que tenía facultades para actuar a través de un vicariato al que quedaría sometido la Toscana. Ni ésta misiva ni otros escritos dirigidos a gobernantes europeos tuvieron efecto alguno. Por otro lado, los enfrentamientos ya habían calado en el ambiente con las consiguientes repercusiones económicas, agravadas por la epidemia de “peste negra” extendida por gran parte de Europa, y de la que no se libraron los florentinos.

Este era el ambiente que acogió a Juana, única hija que colmó de gozo el hogar. Creció, como era usual para los de su alcurnia, bajo el amparo de una niñera, Felicia Tonia, que debió llenarla de mimos y atenciones. La pequeña, que fue agraciada con dones diversos, muy tempranamente supo por revelación de la pronta muerte de su aya, y así se lo dio a conocer, con la inocencia y claridad propias de la infancia, y más en ella que mostraba su amor a Dios y recitaba fervorosamente las oraciones que le habían enseñado. Esta advertencia de la niña acerca del fin de sus días ayudó a Felicia a prepararse para ese momento. Llegada a la adolescencia, lo que menos pensaron sus padres es que Juana elegiría la vida religiosa. En sus planes entraba desposarla con un caballero de ilustre abolengo y buena posición, como correspondía a una aristócrata, pero se encontraron con la negativa radical de la joven. Les costó lo suyo, pero no les quedó más remedio que dar su beneplácito para que Juana ingresase en una comunidad, como era su deseo.

Contemporánea de santa Juliana Falconieri, que en esa época impulsaba la “Orden de las Siervas de María”, aglutinando en torno a sí jóvenes deseosas de seguir a Cristo según el carisma de los servitas, la beata se unió a ellas. Al igual que Juliana, también la primogénita de los Soderini se entregó a mortificaciones y severas penitencias. Deliberadamente elegía las tareas domésticas más humildes y pesadas, y se ocupaba de los enfermos que solicitaban la ayuda de la comunidad. En su itinerario espiritual no faltaron las pruebas y tentaciones que afrontó con su oración. Era obediente y dócil; una persona digna de confianza porque testificaba con su virtud la autenticidad de su vocación. Juliana se fijó especialmente en ella; mostraba los rasgos que convenían a una persona de gobierno: era abnegada, vivía desasida de sí misma, atenta a las necesidades de los demás, y se convirtió en el brazo derecho de la santa. Junto a ella permaneció fielmente, auxiliándola y proporcionándole consuelo en la enfermedad.

Juana fue testigo directo de las lesiones que las extremas mortificaciones de la fundadora causaron en su organismo. Veló para que sufriera lo mínimo, de forma respetuosa, tratando de paliar su dolor, edificada por el testimonio que cercanamente constataba día tras día. El aparato digestivo de Juliana estaba gravemente afectado; hubo un momento en el que no pudiendo deglutir los alimentos cayó sumida en gran debilidad y precisaba continua asistencia. Ni siquiera podía trasladarse de un lado a otro por sí misma. Entonces Juana se convertía en su “bastón”. Por eso es creíble, tal como suele afirmarse, que fuese ella la que descubrió el prodigio obrado en el pecho de la santa antes de morir al apreciar en él la huella de la hendidura por la que debió penetrar la Sagrada Forma. Y es que, antes de exhalar el postrer aliento, Juliana deseó ardientemente recibir la Eucaristía. Como era previsible que en sus condiciones no pudiera contener el Cuerpo de Cristo, su anhelo se cumplió milagrosamente. Y Juana, que la amortajaría, debió ver el hecho sobrenatural en la visible cicatriz que éste dejó en la santa.

Después de la muerte de la fundadora, ella le sucedió en el gobierno de la comunidad. Permaneció al frente de la misma más de veinte años, hasta el fin de sus días. Juana fue bendecida con dones singulares, entre otros el de profecía. Murió el 1 de septiembre de 1367. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de la Annunziata de Florencia, y numerosos peregrinos lo veneraron durante largo tiempo. Pasados varios siglos, la sombra de los Soderini seguía siendo alargada. Y en 1828 uno de los descendientes, el conde Soderini, influyente y poderoso como sus antepasados, obtuvo del papa León XII la confirmación del culto. En la iconografía la beata suele aparecer al lado de san Felipe Benizi o bien en solitario portando a veces en sus manos un lirio y otras un libro.

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(zenit – 30 agosto 2020).- El Santo Padre ha nombrado a monseñor Giambattista Diquattro, arzobispo titular de Giromonte, nuncio apostólico en Brasil, hasta ahora nuncio apostólico en la India y Nepal, informó ayer, 29 de agosto de 2020, la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

La Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB), difundió un saludo al nuevo nuncio en su página web en el que se expresa que acogen “con alegría y unidad” este nombramiento “en la certeza de que será un ministerio fructífero para el bien de toda la Iglesia, especialmente la Iglesia en Brasil”.

Igualmente, el episcopado “reitera su gratitud a Mons. Giovanni d’Aniello, nombrado para la Nunciatura en la Federación de Rusia, por su dedicación y su fiel labor durante su estancia en el Brasil”.

Por último, los prelados brasileños manifiestan “su gratitud y unidad al Papa Francisco por su afectuoso celo con toda la Iglesia, sin dejar de hacerse aún más presente en cada país a través de los nuncios apostólicos”.

Monseñor Giambattista Diquattro

De acuerdo a los datos aportados por la CNBB, nació en Bolonia, Emilia-Romaña, Italia, el 18 de marzo de 1954. Recibió su maestría en Derecho Civil de la Universidad de Catania, y su doctorado en Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, así como una maestría en Teología Dogmática de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

El arzobispo, ordenado sacerdote en 1981 es teólogo, canonista y diplomático. Se incorporó al Servicio Diplomático de la Santa Sede el 1 de mayo de 1985. Allí prestó servicios en misiones diplomáticas en las representaciones pontificias de la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y el Chad, las Naciones Unidas en Nueva York y, más tarde, la Secretaría de Estado del Vaticano y la Nunciatura Apostólica en Italia.

El papa Juan Pablo II lo nombró nuncio apostólico en Panamá el 2 de abril de 2005. Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico en Bolivia el 21 de noviembre de 2008 y, el 21 de enero de 2017, el Papa Francisco lo nombró nuncio apostólico en la India

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(zenit – 30 agosto 2020).- El Papa Francisco recibió a Seiji Okada, el nuevo embajador de Japón ante la Santa Sede, para la presentación de sus credenciales en el Vaticano el pasado 29 de agosto de 2020.

Seiji Okada, de 64 años, está casado y tiene dos hijos. Después de estudiar Derecho, fue funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón, y, más tarde, ocupó cargos de responsabilidad en la Dirección General de Asia y Oceanía y en la Dirección General de Asuntos de Oriente Medio y África.

Se ha desempeñado como consejero de la embajada en Kenya (2009), Afganistán (2010), cónsul general en Canadá (2012) y embajador en el Sudán Meridional (2017 – 2020).

El Papa Francisco viajó a Japón en noviembre de 2019. Visitó Tokio, Nagasaki e Hiroshima.

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