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RABAT, 31 Mar. 19 (ACI Prensa).-
Unos 300 sacerdotes, religiosos y religiosas esperan al Papa Francisco en la catedral de Rabat (Marruecos) para el encuentro previsto para la mañana del domingo 31 de marzo a las 10.45 a.m (hora local).

Todos los religiosos son extranjeros, es decir, ninguno procede de Marruecos.

Entre ellos se encuentra la hermana Dulce María, clarisa, que procede de México y lleva 20 años en Marruecos. Según explicó esta visita del Papa es “un gran momento de alegría que comparto con mis hermanos musulmanes porque el Papa nos trae un mensaje de amor”.

Aunque su orden es de clausura asegura que en el día de hoy, por la visita del Papa, “era necesario hacer una excepción y por eso hemos venido las 5 hermanas que vivimos en el convento de Casablanca”.

La hermana Dulce María cuenta que “el jardinero de nuestro convento quería escribirle una carta al Papa, pero no pudo terminarla y me pidió que le transmitiera todo el amor y el respeto que él le tiene”.

El padre Miguel Ángel Riquelme, misionero de la Cruz Blanca, procede de Santiago de Chile (Chile) también declaró a ACI Prensa que “nunca ha tenido ningún” problema al llevar a cabo la misión doméstica con enfermos que realiza su comunidad en Marruecos.

“Este es un gran acontecimiento para nosotros porque de otra manera no podríamos ver al Papa tan de cerca y es increíble que venga a vernos. Su visita nos da ánimo”, precisó el religioso chileno que lleva 4 años en Marruecos.

También vinieron desde la ciudad española de Melilla, que se encuentra al norte de África, en la frontera con Marruecos, la hermana María del Mar Romera y la hermana Reyes Domínguez, Religiosas de María Inmaculada.

Ambas son españolas y explica que trabajan en la promoción de la mujer a través de la alfabetización y la formación.

“Nos da mucha alegría esta visita porque visibiliza que los cristianos en campo musulmán también estamos presentes y esa unión de culturas”, aseguró la hermana Reyes Domínguez quien también expresó su deseo de que esta visita sea para ella y su comunidad “un momento de renovación”.

 

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«Conocido como el cura de los chicos pobres les ayudó espiritualmente y les propocionó una digna salida laboral con un interesante abanico de profesiones. Es el fundador de la Congregación de los Hijos de María Inmaculada»

Pío XII calificó a Ludovico como «otro Felipe Neri… precursor de san Juan Bosco… perfecto emulador de san José Cottolengo». Nació en Brescia, Italia, el 11 de septiembre de 1784. Su ilustre familia, los Poncarali, pertenecía a la nobleza. Eran dueños de grandes posesiones. Pero los utópicos ideales de la Revolución Francesa, portando aires triunfales, penetraron en la ciudad y arrasaron los derechos de muchos ciudadanos. En 1797 miembros del ejército tomaron bajo su mando el palacio Poncarali y firmaron el manifiesto «Juramos vivir libres o morir».

Sin darse ínfulas de nada, ni comprometerse con idílicos principios, únicamente con la sencillez de la verdad por bandera, Ludovico se había adentrado en el drama de los pobres. Ya conocía el asfixiante ambiente de las fábricas y lo que cuesta el aserto bíblico de ganarse el pan con el sudor de la frente. Había sido el primogénito de cinco hermanos, y todos los ojos estaban puestos en él, sin adivinar entonces lo que iba a depararle la vida. A lo largo de los años, otras personas tendrían en cuenta sus cualidades y virtudes al punto de encomendarle altas misiones eclesiásticas. En esa época abastecía su alma cada mañana en la iglesia de San Lorenzo con el más excelente manjar: la Eucaristía. Mientras tanto, los que proclamaron la libertad esclavizaron al pueblo. Les privaron de bienes gratuitos que movimientos eclesiales proporcionaban a los desamparados, suprimieron escuelas, centros benéficos e incluso el seminario.

En una de las posesiones familiares Ludovico realizaba obras de misericordia. Compartía los conocimientos que tenía con los chavales de su edad que no pudieron costearse estudios. Además, les enseñaba el catecismo. Su sensibilidad por estos jóvenes desamparados fue aumentando y, con ella, su amor al sacerdocio. En 1805 perdió a su padre, que falleció profundamente apenado por las desavenencias con uno de los hijos.

Cuando Ludovico ofició su primera misa en 1807 percibió con aflicción la ausencia de este díscolo hermano, que estaba casado. La lectura de un libro hizo que Ludovico tomase el sendero que guiaría el resto de su existencia: Sobre las influencias moralesescrito por Schedoni. Fue providencial. Con lucidez su autor ponía de relieve lo ya conocido: si a los chicos se les deja a su aire, no se les exige la escolarización, y se ponen a su alcance puertas abiertas a la indisciplina y a la inmoralidad, el camino hacia el delito está en marcha. Lo dice el refrán: «quien siembra vientos, cosecha tempestades». Así que Ludovico tomó la resolución de implicarse por completo en la tarea de restaurarlos.

En noviembre de 1809 murió su madre dejándole gran pesar. Sin tiempo que perder, impulsó un centro parroquial para los muchachos del entorno. A otros los rescató de las calles conquistándolos con una simple limosna y el gozo reflejado en su semblante. Les allanó el camino disponiendo un hogar donde acogerlos, un «Oratorio». Los pilares de su capacitación en prácticos oficios (carpintería e imprenta) comenzaron en Brescia. Su iniciativa fue bendecida por el prelado Gabrio María Nava, que tenía gran debilidad por este colectivo marginal. Conocía la trayectoria del santo, que ya era popularmente denominado «el cura de los chicos pobres».

En 1812 lo designó secretario suyo. Seis años más tarde le nombró canónigo confiándole la rectoría de la Basílica de San Bernabé. Además, le encargó la fundación del «Instituto privado de beneficencia». Era una «Escuela de Oficios» de carácter gratuito. En 1821 recibió el nombre de «Pío Instituto de San Bernabé». Sus destinatarios eran jóvenes sin hogar ni recursos que, desde el punto de vista profesional, saldrían de sus aulas bien preparados para entrar en el mundo laboral. Y, desde la perspectiva espiritual, listos para lidiar con un ambiente poco sano y, por tanto, no cristiano.

Otra de las obras emprendidas por Ludovico fue la «Escuela Tipográfica», una novedad en Italia al tratarse de la primera escuela gráfica que se abría, convertida después en editorial. Fue ampliada en 1841 para otro grupo de sordomudos. Y como su entusiasmo y creatividad no tenían fronteras, en diez años logró que los jóvenes pudieran elegir entre un interesante abanico de profesiones: tipografía, encuadernación de libros, papelería, etc.

Los oficios a los que podrían aspirar serían igualmente extensos: plateros, cerrajeros, carpinteros, torneros, zapateros… Era un gran logro por el cual en 1844 fue condecorado por el emperador de Austria, quien le concedió el título de Caballero de la Corona de Hierro. Su destino fue un cajón; hubiera preferido ayuda para sus chicos.

Para que subsistiera esta formidable labor caritativo-social precisaba personas generosas, entregadas, con empuje. Sobre todo, que tuviesen entre sus objetivos altos ideales espirituales. Ludovico pensaba en esa opción cuando eligió entre los muchachos a los que juzgaba cumplían esos requisitos, y fundó con ellos la Congregación de los Hijos de María Inmaculada, erigida canónicamente en 1847. Comenzaban a verse los frutos de su religioso tesón: «debemos sembrar con confianza; no importa si los frutos no se ven». Ese mismo año emitió los votos perpetuos.

Su incesante entrega prosiguió hasta el fin de sus días. Aunque sus chicos le sugerían que descansase alguna vez, su invariable respuesta era «descansaremos en el cielo». Ese momento le sorprendió en Saiano, lugar cercano a Brescia. A pesar de su delicado estado de salud había acudido allí para liberar a sus muchachos de los atropellos provocados por los austriacos insurrectos que integraban la revuelta «de los Diez Días».

Llegó el 24 de marzo de 1849 y murió el 1 de abril diciendo: «Queridos míos… adiós». Era Domingo de Ramos. Poco antes pudo transmitirles esta consigna: «Tened fe, no os desaniméis. Dios, desde el cielo, rige y dispone el destino de los hombres. Haced siempre el bien a todos y amad a Jesús y a nuestra Madre, la Virgen Inmaculada». Juan Pablo II lo beatificó el 14 de abril de 2002. El papa Francisco lo canonizó el 16 de octubre de 2016.

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(ZENIT – 31 marzo 2019).- En este segundo día de la visita apostólica del Papa Francisco a Marruecos, dedicada a la Iglesia local, Su Santidad ha visitado a las 9:30 horas el Centro Rural de Servicios Sociales de la ciudad costera de Temara, situada a 20 kilómetros de Rabat.

El Santo Padre fue recibido al llegar por las monjas vicentinas (Hijas de la Caridad), que son ayudadas en su trabajo diario por 7 colaboradores y un voluntario.

Al llegar el Papa al centro, han salido a recibirlo a la entrada las cuatro hermanas que trabajan en el lugar y dos niños que le llevaban unas flores. Allí, el Santo Padre se ha acercado a saludar a unos pequeños enfermos, mientras un coro de 150 niños que estudian en la escuela del centro han cantado para él.

Al término de su visita, el Papa se ha despedido de las hermanas y de los voluntarios y ha saludado, finalmente, a los padres de los niños asistidos en el centro, mientras estos cantaban. Después se ha trasladado en coche a la Catedral de Rabat para encontrarse con el Clero, los religiosos, las religiosas y el Consejo Ecuménico de las Iglesias.

Centro Rural

Este Centro Rural está gestionado por las Hijas de la Caridad, la Compañía fundada en 1633 por Santa Luisa de Marillac y San Vicenzo de Paoli.

El Centro obra en el sector social gracias a las hermanas y a numerosos voluntarios, ofreciendo diversos servicios a la población local: alfabetización para adultos; sostenimiento escolar para los más jóvenes; servicio de comidas; asilo para niños de 2 a 7 años; ayuda psicológica para los más necesitados y curas médicas para los enfermos, en particular para las quemaduras, a los cuales hay que darles un seguimiento médico más continuado.

Nunciatura Apostólica

A primera hora de la mañana, este domingo, antes de realizar la visita privada al Centro Rural de Servicios Sociales, el Santo Padre saludó al personal de la Nunciatura Apostólica y presentó los regalos a Nunzio, monseñor Vito Rallo.

Antes del almuerzo, el Papa bendecirá los locales de la Nunciatura que fueron recientemente renovados y ampliados.

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RABAT, 31 Mar. 19 (ACI Prensa).-
En el vuelo hacia Marruecos el Papa Francisco fue preguntado por los periodistas por sus próximos viajes y la posibilidad de que visitara España y Argentina. 

Durante el vuelo desde Roma a Rabat (Marruecos) el pasado sábado 30 de marzo, el Papa Francisco fue preguntado sobre la posibilidad de visitar España, a lo que respondió que sí pero “cuando haya paz”.

Al no especificar el Papa Francisco a qué se refería con esa respuesta, otra periodista española pidió algún dato más, a lo que él afirmó en tono de broma que “él habla en manera críptica”.

Otra periodista le entregó una carta en nombre de los presos de una cárcel de Castellón (España), en donde le pedían que les visitara. Y él contestó que le gustaría visitar este país.

En relación con la valla construida entre Marruecos y Ceuta y Melilla para evitar la migración y el uso de concertinas, es decir, alambre con cuchillas incrustadas, el Papa afirmó que “es muy duro, muy duro”.

También se le preguntó por la posibilidad de viajar a Argentina a lo que aseguró: “Veremos si puedo ir pronto”.

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(ZENIT – 30 marzo 2019).- “Acoger, proteger, promover e integrar”: El Papa Francisco ha indicado en Rabat, durante su visita apostólica a Marruecos, estos cuatro verbos para que “quien quiera ayudar a hacer esta alianza más concreta y real pueda involucrarse con sabiduría en vez de permanecer en silencio, ayudar en lugar de aislar, construir en vez de abandonar”.

El Pontífice ha visita la delegación diocesana de Caritas en Rabat, este sábado, 30 de marzo de 2019, su primer día en el país, el 28º viaje que realiza fuera de Italia. 

“Queridos amigos migrantes: la Iglesia reconoce los sufrimientos que afligen vuestro camino y padece con vosotros. Ella desea recordar, acercándose a vuestra situación particular, que Dios quiere que todos tengamos vida”, les ha revelado el Pontífice.

El “valor de cada vida”

A su llegada, el Papa ha sido recibido en la entrada principal de la sede de Caritas por el Arzobispo de Tánger, Mons. Santiago Agrelo Martínez, y por el director de la sede de Caritas, quien ha regalado al Papa una imagen de la Virgen en mármol.

“Lo que está en juego es el rostro que queremos darnos como sociedad y el valor de cada vida”, ha asegurado Francisco, explicando que “se han dado muchos pasos positivos en diferentes ámbitos, especialmente en las sociedades desarrolladas”, pero “no podemos olvidar que el progreso de nuestros pueblos no puede medirse solo por el desarrollo tecnológico o económico”.

Acoger 

Acoger significa, ante todo, “ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino”, ha descrito el Papa. Este compromiso común “es necesario para no otorgar nuevos espacios a los ‘mercaderes de carne humana’ que especulan con los sueños y las necesidades de los migrantes”.

Proteger

Proteger quiere decir que se garantice la defensa «de los derechos y de la dignidad de los emigrantes y refugiados, independientemente de su estatus migratorio», ha recordado el Papa. “En lo que concierne a la realidad de esta región, la protección se debe asegurar ante todo a lo largo de las rutas migratorias que, lamentablemente, son a menudo escenarios de violencia, explotación y abusos de todo tipo”, ha advertido.

Promover

En esta línea, el Pontífice ha aclarado que promover significa “garantizar a todos, migrantes y locales, la posibilidad de encontrar un ambiente seguro que les permita realizarse integralmente”, y ha matizado que esta promoción “comienza reconociendo que ninguno es un desecho humano, sino que es portador de una riqueza personal, cultural y profesional que puede aportar mucho ahí donde se encuentra”.

Integrar

“Comprometerse en un proceso que valorice tanto el patrimonio cultural de la comunidad receptora como el de los migrantes, construyendo así una sociedad intercultural y abierta” sería lo que el Papa llama integrar.

“Este es un camino que hemos de recorrer juntos –ha anunciado– como verdaderos compañeros de viaje, que involucra a todos, migrantes y locales, en la construcción de ciudades acogedoras, plurales y atentas a los procesos interculturales, ciudades capaces de valorizar la riqueza de las diferencias en el encuentro con el otro”.

Testimonio de un migrante

Antes del discurso del Papa, el Arzobispo de Tánger, Mons. Santiago Agrelo, ha ofrecido unas palabras al Santo Padre, seguidas por el breve testimonio de un migrante de Camerún residente en Marruecos, y una representación musical a cargo de unas niñas. 

Al término del encuentro, el Papa se ha trasladado en coche a la Nunciatura Apostólica de Rabat. A su llegada a la Nunciatura, el Santo Padre ha saludado a numerosos fieles que lo esperaban, también había varios niños, algunos scouts y un numeroso grupo de estudiantes de las escuelas católicas de la ciudad.

Publicamos a continuación el discurso del Papa Francisco en el Encuentro con los Migrantes:

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Discurso del Papa Francisco

Queridos amigos: 

Me complace tener esta oportunidad de encontraros durante mi visita al Reino de Marruecos. Es una ocasión que me permite expresaros nuevamente mi cercanía y hacer frente con vosotros a esta herida grande y dolorosa que continúa desgarrando los inicios de este siglo XXI. Herida que clama al cielo, y por eso no queremos que nuestra palabra sea la indiferencia y el silencio (cf. Ex 3,7). Mucho más cuando se constata que son muchos millones los refugiados y los demás migrantes forzados que piden la protección internacional, sin contar a las víctimas de la trata y de las nuevas formas de esclavitud en manos de organizaciones criminales. Nadie puede ser indiferente ante este dolor. 

Agradezco a Mons. Santiago sus palabras de bienvenida y el compromiso de la Iglesia en favor de los migrantes. También agradezco a Jackson por su testimonio, y a todos vosotros, migrantes y miembros de las asociaciones que están a su servicio, que habéis venido aquí esta tarde para estar juntos, para fortalecer los lazos entre nosotros y que sigamos comprometiéndonos en asegurar condiciones de vida dignas para todos. Y gracias a los niños. Ellos son la esperanza. Por ellos tenemos que luchar, por ellos. Ellos tienen derecho, derecho a la vida, derecho a la dignidad. Luchemos por ellos. Todos estamos llamados a responder a los numerosos desafíos planteados por las migraciones contemporáneas, con generosidad, diligencia, sabiduría y amplitud de miras, cada uno según sus propias posibilidades (cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2018). 

Hace algunos meses tuvo lugar aquí en Marruecos la Conferencia Intergubernamental de Marrakech, que ratificó la adopción del Pacto Mundial para una migración segura, ordenada y regular. «El Pacto sobre migración representa un importante paso adelante para la comunidad internacional que, por primera vez a nivel multilateral y en el ámbito de las Naciones Unidas, aborda el tema en un documento relevante» (Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 7 enero 2019). 

Este Pacto nos permite reconocer y tomar conciencia de que «no se trata solo de migrantes» (cf. Tema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2019), como si sus vidas fueran una realidad extraña o marginal que no tuviera nada que ver con el resto de la sociedad. Como si su condición de personas con derechos permaneciera “suspendida” debido a su situación actual; «en efecto, un migrante no es más humano o menos humano, en función de su ubicación a un lado o a otro de una frontera».[1] 

Lo que está en juego es el rostro que queremos darnos como sociedad y el valor de cada vida. Se han dado muchos pasos positivos en diferentes ámbitos, especialmente en las sociedades desarrolladas, pero no podemos olvidar que el progreso de nuestros pueblos no puede medirse solo por el desarrollo tecnológico o económico. Este depende sobre todo de la capacidad de dejarse conmover por quien llama a la puerta y que con su mirada estigmatiza y depone a todos los falsos ídolos que hipotecan y esclavizan la vida, ídolos que prometen una aparente y fugaz felicidad, construida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás. ¡Qué desierta e inhóspita se vuelve una ciudad cuando pierde la capacidad de compasión! Una sociedad sin corazón… una madre estéril. Vosotros no estáis marginados, estáis en el centro del corazón de la Iglesia. 

He querido ofrecer cuatro verbos —acoger, proteger, promover e integrar— para que quien quiera ayudar a hacer esta alianza más concreta y real pueda involucrarse con sabiduría en vez de permanecer en silencio, ayudar en lugar de aislar, construir en vez de abandonar. 

Queridos amigos, me gustaría insistir sobre la importancia de estos cuatro verbos. Forman como un marco de referencia para todos. De hecho, en este compromiso estamos todos implicados —de diferentes maneras, pero todos implicados—, y todos somos necesarios para garantizar una vida más digna, segura y solidaria. Me gusta pensar que el primer voluntario, asistente, socorrista y amigo de un migrante es otro migrante que conoce en primera persona el sufrimiento del camino. No se puede pensar en estrategias a gran escala, capaces de dar dignidad, limitándose solo a acciones de asistencia al migrante. Son indispensables, pero insuficientes. Es necesario que vosotros, migrantes, os sintáis como los primeros protagonistas y ejecutores en todo este proceso.

Estos cuatro verbos pueden ayudar a crear alianzas capaces de recuperar espacios donde acoger, proteger, promover e integrar. En definitiva, espacios para dar dignidad. 

«Considerando el escenario actual, acoger significa, ante todo, ampliar las posibilidades para que los emigrantes y refugiados puedan entrar de modo seguro y legal en los países de destino» (Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2018). De hecho, la ampliación de los canales migratorios regulares es uno de los principales objetivos del Pacto Mundial. Este compromiso común es necesario para no otorgar nuevos espacios a los “mercaderes de carne humana” que especulan con los sueños y las necesidades de los migrantes. Y hasta que este compromiso no se realice plenamente, habrá que afrontar la realidad apremiante de los flujos irregulares con justicia, solidaridad y misericordia. Las formas de expulsión colectiva, que no permiten un manejo correcto de los casos particulares, no pueden ser aceptadas. Por otro lado, los caminos extraordinarios de regularización, especialmente en el caso de las familias y de los menores, han de ser alentados y simplificados. 

Proteger quiere decir que se garantice la defensa «de los derechos y de la dignidad de los emigrantes y refugiados, independientemente de su estatus migratorio» (ibíd.). En lo que concierne a la realidad de esta región, la protección se debe asegurar ante todo a lo largo de las rutas migratorias que, lamentablemente, son a menudo escenarios de violencia, explotación y abusos de todo tipo. Aquí también es necesario prestar especial atención a los migrantes en situación de gran vulnerabilidad, a los numerosos menores no acompañados y a las mujeres. Es esencial poder garantizar a todos una asistencia médica, psicológica y social adecuada con el propósito de devolver la dignidad a quienes la han perdido en el camino, como hacen con dedicación los trabajadores de esta estructura. Y hay algunos entre vosotros que pueden testimoniar lo importante que son estos servicios de protección, para dar esperanza durante el tiempo de permanencia en los países que los han acogido. 

Promover significa garantizar a todos, migrantes y locales, la posibilidad de encontrar un ambiente seguro que les permita realizarse integralmente. Esta promoción comienza reconociendo que ninguno es un desecho humano, sino que es portador de una riqueza personal, cultural y profesional que puede aportar mucho ahí donde se encuentra. Las sociedades de acogida se enriquecerán si saben valorizar adecuadamente la aportación de los migrantes, evitando todo tipo de discriminación y cualquier sentimiento xenófobo. Debe fomentarse vivamente el aprendizaje de la lengua local como vehículo esencial de comunicación intercultural, así como toda forma positiva de responsabilizar a los migrantes respecto a la sociedad que los acoge, aprendiendo a respetar las personas y las relaciones sociales, las leyes y la cultura, para que así ofrezcan una mejor aportación al desarrollo humano integral de todos. 

Pero no nos olvidemos que la promoción humana de los migrantes y sus familias empieza ya desde sus comunidades de origen, donde se debe garantizar, junto al derecho a emigrar, también el de no estar obligados a emigrar, es decir, el derecho a encontrar en la propia patria las condiciones que permitan una vida digna. Aprecio y aliento los esfuerzos de los programas de cooperación internacional y de desarrollo transnacional desvinculados de intereses parciales, que tienen a los migrantes como protagonistas principales (cf. Discurso a los participantes en el foro internacional sobre “migración y paz”, 21 febrero 2017). 

Integrar quiere decir comprometerse en un proceso que valorice tanto el patrimonio cultural de la comunidad receptora como el de los migrantes, construyendo así una sociedad intercultural y abierta. Sabemos que no es nada fácil entrar en una cultura que nos es ajena —ya sea para quienes llegan como para quien acoge—, ponernos en el lugar de personas tan diferentes a nosotros, comprender sus pensamientos y experiencias. Así, a menudo renunciamos al encuentro con el otro y levantamos barreras para defendernos (cf. Homilía en la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 14 enero 2018). Integrar requiere, por consiguiente, no dejarse condicionar por los miedos y la ignorancia. 

Este es un camino que hemos de recorrer juntos, como verdaderos compañeros de viaje, que involucra a todos, migrantes y locales, en la construcción de ciudades acogedoras, plurales y atentas a los procesos interculturales, ciudades capaces de valorizar la riqueza de las diferencias en el encuentro con el otro. Y también en este caso, muchos de vosotros podéis manifestar personalmente la necesidad de un compromiso como este. 

Queridos amigos migrantes: la Iglesia reconoce los sufrimientos que afligen vuestro camino y padece con vosotros. Ella desea recordar, acercándose a vuestra situación particular, que Dios quiere que todos tengamos vida. También quiere estar a vuestro lado para construir con vosotros lo que sea mejor para vuestra vida. Porque todo hombre tiene derecho a la vida, todo hombre tiene derecho a soñar y a poder encontrar el lugar que le corresponde en nuestra “casa común”. Toda persona tiene derecho al futuro. 

Asimismo, quisiera expresar mi gratitud a todas las personas que se han puesto al servicio de los migrantes y refugiados en todo el mundo, y hoy de manera especial a vosotros, miembros de Caritas que, en nombre de toda la Iglesia, tenéis el honor de manifestar el amor misericordioso de Dios a tantas hermanas y hermanos nuestros, así como también a todos los miembros de las demás asociaciones vinculadas. Vosotros bien sabéis y experimentáis que para el cristiano “no se trata solo de migrantes”, sino de Cristo mismo que llama a nuestra puerta. 

Que el Señor, que durante su vida terrenal vivió en carne propia el sufrimiento del exilio, bendiga a cada uno de vosotros, os dé la fuerza necesaria para no desanimaros y para ser unos con otros “puerto seguro” de acogida. 

Muchas gracias. 

© Librería Editorial Vaticano

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(ZENIT 30 marzo 2019).- El Papa Francisco nombró a un francés, Mons. Patrick Descourtieux, jefe de servicio en el seno de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 30 de marzo de 2019. Hasta ahora era funcionario del mismo dicasterio, dice el Vaticano.

El Obispo Patrick Descourtieux, Rector Emérito de Trinidad-des-Monts y Profesor visitante en el “Institutum Patristicum Augustinianum” (Roma), es actualmente profesor en la Faculté Notre-Dame (École Cathédrale, París).

Es sacerdote de la diócesis de París e hizo parte de sus estudios de teología en Bruselas en el Instituto de Estudios Teológicos (IET) de los jesuitas.

Ordenado en París en 1986, fue vicario en la parroquia de Saint-Séverin. Luego, en 1989, se fue a Roma, donde se unió a la Sección francesa de la Secretaría de Estado durante 10 años.

Músico, se desempeñó como organista en Saint-Louis-des-Français durante 5 años. Luego dejó la Secretaría de Estado y se convirtió en rector de la Iglesia francesa de Trinite-des-Monts mientras enseñaba en el  Instituto Pontificio Patrístico  Augustinianum.

Permaneció siete años en Trinité-des-Monts, luego regresó a París y fue nombrado sacerdote residente en la parroquia de Sainte Clotilde, y luego capellán en la Catedral de Notre-Dame en 2008.

En París, fue uno de los sacerdotes diocesanos delegados para la celebración en forma extraordinaria según fuera necesario y trabajó para la Comisión Ecclesia Dei en Roma.

Ha contribuido a varias publicaciones, entre ellas “El catolicismo de los padres” (2007), “El cardenal Henri de Lubac, Agustinismo y teología moderna” (2009) y “Lecturas de la epístola a los romanos: Simposio de la Facultad de Notre Dame, 27 y 28 de marzo de 2009 “(Cursos, Coloquios, Conferencias de Bernardins).

Publicó traducciones de San Hilario de Poitiers y San Clemente de Alejandría (Stromates VI, SC 446, “¿Qué ricos serán salvos?”, SC 537), junto a los comentarios sobre los Salmos, vol. 1 (SC 515).

© Traducción de Zenit, Raquel Anillo

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