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«Es tiempo de amar sin fingimiento» Reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

Sistema de Información del Vaticano

(RV).- En el programa «Tu palabra me da vida» de hoy, Monseñor Fernando Chica Arellano  – observador permanente de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Roma- presenta un pasaje de la Carta de San Pablo a los romanos en el que el apóstol cita algunos consejos, que tal y cómo asegura Fernando Chica, siguen teniendo vigencia plena: «Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis» (Romanos 12,9-14).

Estos consejos de san Pablo en su carta a los Romanos siguen teniendo una vigencia plena. No van dirigidos simplemente a aquellos primeros cristianos. Sirven para nosotros y pidamos a Dios que queden esculpidos en nuestra memoria, para que pasen después a nuestro corazón y a nuestra conducta. Si los ponemos en práctica, saldremos de esos espejismos que tantas veces nos esclavizan y nos sumergen en el mundo de las apariencias y las fachadas sin fondo.

El apóstol es preciso en su enseñanza. No quiere que nuestro amor quede en vaguedades, como a menudo hacemos nosotros, que, ante los problemas de los que nos rodean, miramos hacia otro lado, o bien nos contentamos con decir palabras hermosas y abundantes, pero a las que luego no se añaden gestos de ayuda concreta al que sufre.

Acostumbrados como estamos a internet, vivimos en medio de un cúmulo de imágenes “virtuales”, que cambian rápidamente sin incidir en nuestra vida ni en nuestras opciones. Estamos atiborrados de efímeros titulares de prensa que se quedan en meras conversaciones en la barra de un bar. Nos llenan la cabeza de estadísticas, que manejadas con astucia logran tranquilizarnos o se transforman en excusas plausibles. Lo más triste de todo es que no alcanzamos a comprender que, detrás de los números, hay personas concretas que lanzan gritos desgarradores de impotencia, hombres y mujeres que tienen heridas profundas y rostros lacerados que ya no nos impactan.

La técnica moderna ha logrado edulcorar el dolor humano, invisibilizar a los pobres. Pensamos que solo existen en el plasma de nuestras pantallas de ordenador. Son solo parte de un artículo de periódico, de algún video que circula por la red. Nada más. La realidad es bien distinta. Los indigentes, los que nos necesitan no son algoritmos, ni simples fotografías. Son vidas truncadas que requieren ver restituida su humanidad.

Por este motivo no deberíamos cansarnos de escuchar las palabras de Pablo. Vienen a despertarnos del sopor que brota de nuestros caprichos y a sacarnos de la burbuja fabricada por el egoísmo que nos aísla. La cultura de la indiferencia nos encierra en nosotros mismos y nos lleva a un estilo de vida caracterizado por decir y no hacer, prometer y no cumplir, fomentar la estética y olvidar la ética, multiplicar las declaraciones solemnes que al final no se concretan en iniciativas tangibles que ayuden a los marginados, a los que sufren y no se pueden levantar por sí solos. Los pobres están hastiados de mentiras, cansados de escuchar siempre lo mismo, de que todo siga igual.

Las palabras de San Pablo vienen a sacarnos de la indolencia, de la desidia, de la insensibilidad hacia todos los que ven herida su dignidad y desean salir de su postración a través de “un amor sin fingimiento”, de acciones concretas, brotadas de una conciencia recta, de una solidaridad perentoria y eficaz.

San Pablo viene a liberarnos del pesimismo que nos embarga y paraliza. Si lo queremos, sabemos que las cosas pueden cambiar, deben cambiar. Otro mundo es posible si todos ponemos manos a la obra, si los unos a los otros rivalizamos en el bien obrar. No hay excusa que valga. Nadie sobra a la hora de socorrer al necesitado. Ningún esfuerzo es estéril cuando se trata de curar el dolor del prójimo. Todos podemos convertirnos en el Buen Samaritano de la parábola (cfr. Lucas 10,25-37).

Acojamos para ello la invitación del Papa Francisco, que hace poco afirmaba que «hay mucho que hacer, y debemos hacerlo juntos. Pero ¿qué hacer, con el mal que respiramos? Gracias a Dios, ningún sistema puede cancelar la apertura hacia el bien, la compasión, la capacidad de reaccionar ante el mal que surgen del corazón del ser humano. Ahora bien, me podríais decir:  “Sí, son bellas palabras, pero  yo no soy el Buen Samaritano y tampoco la Madre  Teresa de Calcuta”. En cambio, cada uno de nosotros es inapreciable; cada uno de nosotros es irreemplazable ante los ojos de Dios. En la noche de los conflictos que estamos atravesando, cada uno de nosotros puede ser una vela encendida que recuerda que la luz prevalece sobre la oscuridad, no al contrario. Para nosotros, los cristianos, el futuro tiene un nombre y este nombre es esperanza. Tener esperanza no significa ser optimistas ingenuos que ignoran el drama del mal de la humanidad. La esperanza es la virtud de un corazón que no se cierra en la oscuridad, no se detiene en el pasado, no se mantiene a flote en el presente, sino que  sabe ver el mañana. La esperanza es la puerta abierta hacia el porvenir. La esperanza es una semilla de  vida humilde y escondida pero que se transforma con el tiempo en un gran árbol.  Es como una levadura invisible, que hace subir toda la masa,  que da sabor a toda la vida. Y puede hacer mucho, porque basta una pequeña luz que se alimente de la esperanza, y la oscuridad ya no será completa.  Basta un  hombre solo, para que haya esperanza, y ese hombre puedes ser tú. Después hay otro “tú” y otro” tú”, y entonces nos convertimos  en “nosotros”» (Videomensaje al TED 2017 de Vancouver. 26 de abril de 2017).

Nos necesitamos unos a otros. Unamos voluntades, por tanto, para auxiliar a los menesterosos; concordemos iniciativas para enjugar las lágrimas de los que lloran, no pasemos de largo ante quien lo ha perdido todo, no cerremos los oídos ante el clamor de los pobres ni miremos hacia otra parte cuando alguien padezca. Emprendamos juntos la marcha para salir al encuentro de tantos como se hallan hoy tirados al borde del camino. Es tiempo de amar sin esperar nada a cambio. Sigamos para ello las huellas de Cristo. Él nos ha dado ejemplo. A nosotros corresponde seguirlo.

(Mireia Bonilla – RV)


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