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«El aporte de la teología del pueblo y de Aparecida», prof. Rafael Luciani

Sistema de Información del Vaticano

(RV).- Rafael Luciani – teólogo venezolano y profesor de la escuela de Teología y Ministerio en Boston College- explica, en su quinto programa, el aporte de la teología del pueblo y de Aparecida, exponiendo algunas ideas de la teología y del magisterio latinoamericano presentes en el pensamiento del Papa Francisco .

La teología del pueblo es una rama de la teología latinoamericana de la liberación desarrollada en Argentina por los teólogos Lucio Gera y Rafael Tello. Fue asumida por el episcopado argentino en 1969. Sin embargo, sus orígenes se remontan al año 1966 cuando se crea la Coepal (Comisión Episcopal de Pastoral), que acuña el término de pueblo como la existencia de una cultura común, enraizada en una historia común y comprometida con el bien común.

La Coepal se propuso interiorizar el espíritu del Concilio Vaticano II y asumió la tarea de consolidar una forma comunitaria de ser Iglesia mediante la promoción de estructuras colegiadas que favorecieran la defensa de la dignidad humana y la promoción de una religión liberadora. Siguiendo el espíritu conciliar de aggiornarmento, los obispos argentinos se comprometían a realizar una reforma de las mentalidades y de las normas que regulaban las estructuras de la Iglesia. En fin, deseaban una «conciencia más viva de sí misma, reforma, diálogo con los demás hermanos cristianos y apertura al mundo de hoy: las cuatro finalidades del Concilio».

Lucio Gera (1924-2012), autor de Sobre el misterio del pobre, entre muchos otros escritos, fue quien dotó de perfil propio a esta rama de la teología latinoamericana. Para él, la teología del pueblo no buscaba el cambio de las estructuras sociales y políticas por sí mismas, sino el discernimiento de la misión e identidad de la Institución eclesiástica a partir de una opción por el pueblo pobre, expresada en un firme discurso religioso que impulsara el diálogo sociopolítico y promoviera una praxis pastoral informada por la justicia social como valor de ese «pueblo fiel» a Jesús. En esa dirección, entiende que la cultura es un lugar de mediación para el conocimiento de la realidad y, específicamente, la cultura popular, ámbito donde se puede conocer al pobre y su mundo de vida. De ahí que la opción por los pobres pase a ser una elección por la cultura popular, por su conocimiento, preservación y potenciación.

Gera piensa a los pobres como pueblo, como sujeto colectivo de una historia, con un ethos cultural propio, cuya alma o corazón religioso apuesta siempre por la esperanza desde las experiencias límite y de carencia material en las que vive. Esta noción exige insertarse en el mundo de valores propios del mundo de vida popular para luego teorizarlo y evangelizarlo. La evangelización no se reducirá a su promoción social, pero tampoco será entendida como mera formación doctrinaria, sino que implicará, sobre todo, acciones de reconocimiento social y potenciación de la riqueza cultural de cada pueblo. Esto se traducirá en la apuesta por la promoción integral del sujeto humano, el fomento del diálogo sociopolítico y la práctica de la justicia social en el marco de una religión que libere a las personas al mostrarles el rostro bienaventurado de la historia.

Ya desde los años setenta el futuro Papa Francisco tenía una imagen muy clara de esta visión de conjunto entendiendo la unidad entre la condición política del cristiano y la acción pastoral de la Iglesia. Así lo hizo saber en el Discurso de Apertura de la Congregación Provincial XIV de los Jesuitas en 1974, donde explica cómo la praxis cristiana —tanto religiosa como sociopolítica— ha de centrarse en la fraternidad solidaria, la justicia social y el bien común, antes que en nociones como patria, revolución, conservadores o liberales, que son excluyentes frente a toda disidencia o alternativa. Aquí, Bergoglio insiste en que «bastaría recordar los infecundos enfrentamientos con la jerarquía, los conflictos desgastantes entre “alas” (“progresista” o “reaccionaria”) dentro de la Iglesia, que terminaron dando más importancia a las partes que al todo».

No son pocos los que cuestionan esta influencia en el magisterio del Papa Francisco. Muchas de las críticas provienen de contextos socioculturales ilustrados o del primer mundo, así como de personalidades eclesiásticas y grupos religiosos conservadores. Como lo explica el teólogo argentino Víctor M. Fernández:

«…se acostumbra a decir que la teología del pueblo opta por las masas ignorantes, faltas de cultura y de pensamiento crítico. Lo que la teología del pueblo defiende es algo muy diferente. Significa considerar los pobres no tanto como el mero objeto de una liberación o una educación, sino como individuos capaces de pensar con sus categorías, capaces de vivir legítimamente la fe a su manera, capaces de crear caminos a partir de su cultura popular. Que incluso se expresen o miren la vida de una manera diferente, no significa que no piensen o no tengan una cultura; es simplemente una cultura diferente».

El llamado del magisterio de Francisco es a vivir un cristianismo profético en el que la Iglesia está obligada a contribuir con estos procesos de cambio porque ella, «junto con las diversas fuerzas sociales, acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la persona humana y al bien común (…) para transmitir convicciones que luego puedan traducirse en acciones políticas» (Evangelii Gaudium 241).

(Mireia Bonilla – RV)


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